Tablilla N° 2

En tercer lugar el plan prevé que pague mis deudas con lo que gane.
Cada luna, las dos décimas partes de mis ganancias serán divididas justa y honorablemente entre
todos los que, habiendo confiado en mí, me han dejado dinero y llegará el momento en que todas
mis deudas serán liquidadas
Para dar fe de ello, grabo aquí el nombre de todos los hombres con los que estoy en deuda y la
cantidad justa de lo que les debo.
Farra el tejedor, 2 monedas de plata, 6 de cobre.
Sinjar el fabricante de colchones, 1 moneda de plata.
Ahmar, mi amigo, 4 monedas de plata, 7 de cobre.
Akamir, mi amigo, 1 moneda de plata, 3 de cobre.
Diebeker, amigo de mi padre, 4 monedas de plata, 1 de cobre. Alkahad, el dueño de la casa, 14
monedas de plata.
Maton el prestamista de oro, 9 monedas de plata.
Birejik el agricultor, 1 moneda de plata, 7 de cobre.
(A partir de aquí la placa está gastada, el texto es indescifrable)

Tablilla N° 1

Esta noche de luna llena, yo, Dabasir, que acabo de salir de la esclavitud en Siria, decidido a pagar
todas mis deudas y convertirme en un hombre rico y digno del respeto en mi ciudad natal de
Babilonia, grabo en barro este informe permanente de mis negocios para que me guíe y me ayude a
cumplir mis mayores deseos.
Siguiendo el consejo de mi sabio amigo Maton, el prestamista de oro, me he decidido a seguir el plan
preciso que, por lo visto, permite a los hombres honorables liberarse de sus deudas y vivir en la
riqueza y en el respeto a sí mismos.
Este plan incluye tres objetivos que son mi esperanza y mi deseo.
Primero, el plan me permitirá gozar de una cierta prosperidad.
Así, apartaré la décima parte de lo que gane y será un bien que conservaré. Maton habla sabiamente
cuando dice:
El hombre que guarda en su bolsa el oro que no necesita gastar es bueno para con su familia y leal a
su rey.
El hombre que sólo tiene unas cuantas monedas de cobre en su bolsa es insensible respecto a su
familia y a su rey.
Pero el hombre que no tiene nada en sus bolsa es cruel con su familia y desleal a su rey, pues su
corazón es amargo.
El hombre que desea triunfar debe tener en su bolsa dinero para poderlo hacer tintinear; y en su
corazón amor para su familia y lealtad para con su rey.
En segundo lugar el plan prevé que cubra mis necesidades y las de mi mujer, que ha vuelto lealmente
conmigo de casa de su padre. Ya que Maton dice que quien cuida de fiel esposa tiene el corazón lleno
de respeto a sí mismo y gana fuerza y determinación para sus proyectos.
De manera que usaré siete décimos de lo que gane en comprar un casa, ropas, comida, y una suma
que dedicaremos a otros gastos para que nuestras vidas no estén exentas de placeres y satisfacciones.
Pero Maton me ha recomendado que cuide de no gastar en estos honorables conceptos más que los
siete décimos de lo que gano. El éxito del plan reposa en esta recomendación; hemos de vivir con esa
porción y nunca tomar o comprar más de lo que podamos pagar con ell

9. Las tablillas de barro de Babilonia

St. Swithin's College
Nottingan University
Newark-on-Trent
Nottingham
21 de octubre de 1934
Sr. Profesor Franklin Caldwell
Expedición Científica Británica
Hillah, Mesopotamia

Querido profesor:

Las cinco tablillas de barro que desenterró durante sus recientes excavaciones en la ruinas de
Babilonia han llegado en el mismo barco que su carta. Me han fascinado y he pasado numerosas y
agradables horas traduciendo sus inscripciones. Tendría que haber contestado su carta con más
celeridad pero he esperado hasta haber completado las transcripciones adjuntas.
Las tablillas han llegado a su destino sin daño gracias al excelente embalaje y al uso juicioso de
sistemas de conservación.

Quedará tan asombrado de la historia que relatan como nosotros, los del laboratorio. Uno espera
que un pasado tan lejano y oscuro esté lleno de romance y aventura, ya sabe, algo así como Las
mil y una noches. Y luego se da cuenta de que los problemas del mundo antiguo, de hace cinco mil
años, no son tan diferentes de los de ahora, como se puede constatar con la lectura de estos textos
que cuentan las dificultades que encontró para pagar sus deudas un personaje llamado Dabasir.
¿Sabe? Es curioso, pero, como dicen mis estudiantes, estas viejas inscripciones me cogen en fuera
de juego. Como profesor de universidad, se supone que soy una persona que piensa y que tiene
conocimientos sobre la mayoría de los temas. Y ahora llega un individuo salido de las polvorientas
ruinas de Babilonia que nos da un método del que nunca había oído hablar para pagar las deudas
al tiempo que consigues más dinero para tu cartera.
Debo decir que esta es una idea que me gusta, y sería interesante probar si funciona igual de bien
en nuestros días que en la antigua Babilonia. Mi mujer y yo proyectamos aplicarla a las cuestiones
económicas que, en nuestro caso, necesitan evidentes mejoras.
Le deseo la mejor de las suertes en su valerosa empresa y espero con impaciencia una nueva
ocasión de ayudarlo.

Suyo afectísimo
Alfred H. Shrewsbury

8. El tratante de camellos de Babilonia

Cuanto más nos atenaza el hambre, más activo se vuelve nuestro cerebro y más sensibles nos
volvemos al olor de los alimentos.
Tarkad, el hijo de Azore, ciertamente pensaba así. Tan sólo había comido dos pequeños higos de una
rama que salía más allá del muro de un jardín, y no había podido coger más antes de que una
enfadada mujer apareciera y lo echara. Sus gritos agudos aún resonaban en sus oídos cuando
atravesaba la plaza del mercado. Esos ruidos horribles le ayudaron a tener quietos los dedos,
tentados siempre de coger alguna fruta de las cestas de las mujeres del mercado.
Nunca hasta entonces se había dado cuenta de la gran cantidad de comida que llegaba al mercado de
Babilonia y qué bien olía. Tras dejar el mercado, atravesó la plaza en dirección a la posada, ante la
que se paseó arriba y abajo. Tal vez encontrara a alguien que le pudiera dejar una moneda de cobre
con la que podría pedir una copiosa comida y arrancar así un sonrisa al austero dueño de la posada.
Si no tenía esa moneda, sabía muy bien que no sería bienvenido.
Distraído como estaba, se encontró sin esperarlo, cara a cara con el hombre al que más deseaba
evitar, Dabasir, el tratante de camellos de largo y huesudo cuerpo. De todos los amigos o conocidos a
los que había pedido pequeñas sumas de dinero, Dabasir era el que lo hacía sentirse más molesto
pues no había cumplido la promesa de reembolsarle rápidamente lo debido.
El rostro de Dabasir se iluminó al ver a Tarkad
-Ajá, Tarkad, justo a quien buscaba, tal vez pueda devolverme las dos monedas de cobre que le dejé
hace una luna, y también la de plata que le había dejado anteriormente. ¡Qué suerte! Hoy mismo
podré usar esas monedas. ¿Qué me dices eso, muchacho?
Tarkad empezó a balbucear y enrojeció. Su estómago vacío no le ayudaba a tener la cara dura de
discutir con Dabasir.
-Lo siento, lo siento mucho murmuró débilmente-, pero hoy no tengo las dos monedas de cobre ni la
de plata que te debo.
-Pues encuéntralas -insistió Dabasir-. Seguro que puedes encontrar un par de monedas de cobre y
una de plata para pagar la generosidad de un viejo amigo de tu padre que te ha ayudado cuando te
hacía falta.
No te puedo pagar por culpa de la mala suerte.
-¿La mala suerte? ¿Culparás a los dioses de tu propia debilidad? La mala suerte persigue a los
hombres que piensan más en pedir que en dejar. Muchacho, ven conmigo mientras como, tengo
hambre y te quiero contar una historia.
Tarkad retrocedió ante la brutal franqueza de Dabasir, pero al menos era una invitación para entrar
en un sitio donde se comía.
Dabasir lo empujó hasta un rincón de la sala donde se sentaron sobre unas pequeñas alfombras.
Cuando Kauskor el propietario apareció sonriente, Dabasir se dirigió a él con su habitual gran
familiaridad:
-Lagarto del desierto, tráeme una pierna de cabra muy hecha y con mucha salsa, pan y muchas
verduras, que tengo mucha hambre y necesito mucha comida. No olvides a mi amigo, tráele una
jarra de agua, y que sea fresca, pues el día es caluroso.
El corazón de Tarkas parecía desfallecer. Se tenía que sentar allí a beber agua y ver cómo aquel
hombre devoraba una pierna entera de cabra. No decía nada. No se le ocurría nada que decir.
En cambio Dabasir no sabía lo que era el silencio. Sonriendo y saludando con la mano a todos los
demás clientes, a los cuales conocía, continuó.
-He oído decir a un viajero que acaba de llegar de Urfa que un hombre rico de allí posee una piedra
tan fina que se puede ver a su través. La coloca en las ventanas de su casa para impedir que la lluvia
entre. Por lo que me ha dicho el viajero, es amarilla y le permitieron mirar a través de ella de modo
que el mundo exterior le pareció extraño y diferente de lo que es en realidad. ¿Tú que piensas,
Tarkad? ¿Crees que un hombre puede ver el mundo de un color diferente del que tiene en realidad?
No sabría decirlo -respondió el joven mucho más interesado por la pierna de cabra que estaba
delante de Dabasir.
-Pues yo sé que es cierto, ya que he visto con mis propios ojos el mundo de un color diferente del que
en realidad tiene, y la historia que te contaré relata cómo llegué a volverlo a ver de nuevo de su
verdadero color.
-Dabasir va a contar una historia -murmuró alguien de una mesa vecina a su compañero, y acercó su
alfombra hacia ellos, los demás comensales cogieron su comida y se agruparon en un semicírculo.
Comían ruidosamente al oído de Tarkad, lo tocaban con los huesos de la carne, él era el único que no
tenía comida. Dabasir no le propuso que compartiera con él la pierna de cabra ni le ofreció el trozo
de pan duro que se había caído al suelo.
-La historia que te voy a contar -empezó Dabasir, haciendo una pausa para poder llevarse a la boca
un buen trozo de carne- relata mi juventud y cómo llegué a ser tratante de camellos. ¿Alguno de
vosotros sabe que yo fui en un tiempo esclavo en Asiría?
Un murmullo de sorpresa recorrió el auditorio y Dabasir lo escuchó con satisfacción.
-Cuando era joven continuó Dabasir después de otro goloso ataque a la pierna de cabra-, aprendí el
oficio de mi padre, la fabricación de sillas de montar. Trabajé con él en la tienda hasta que me casé.
Como era joven e inexperto, ganaba poco, justo lo necesario para cubrir modestamente las
necesidades de mi excelente esposa. Estaba ansioso de obtener buenas cosas que no me podía
permitir. Rápidamente me di cuenta de que los propietarios de las tiendas me daban crédito aunque
no pudiera pagarles a tiempo.
Joven e inexperto, yo no sabía que el que gasta más de lo que gana siembra los vientos de la inútil
indulgencia y cosecha tempestades de problemas y humillaciones. De este modo sucumbí a los
caprichos y, sin tener el dinero necesario, me compré bellas ropas y objetos de lujo para mi esposa y
para nuestra casa.
Fui pagando como pude, y durante un cierto tiempo todo fue bien. Pero un día descubrí que con lo
que ganaba no tenía suficiente para pagar mis deudas y vivir. Mis acreedores me empezaron a
perseguir para que pagara mis extravagantes compras y mi vida se volvió miserable. Pedía prestado a
mis amigos, pero tampoco se lo podía devolver; las cosas iban de mal en peor. Mi mujer volvió con
su padre y yo decidí irme de Babilonia a otra ciudad donde un joven pudiera tener más
oportunidades.
Durante dos años conocí una vida agitada y sin éxitos, siempre viajando con las caravanas de los
mercaderes. Después pasé a un grupo de simpáticos ladrones que recorrían el desierto en busca de
caravanas no armadas. Tales acciones no eran dignas del hijo de mi padre pero veía el mundo a
través de una piedra coloreada y no me daba cuenta de hasta qué punto me había degradado.
Tuvimos éxito en nuestro primer viaje al capturar un rico cargamento de oro, seda y mercancías de
gran valor. Llevamos este botín a Ginir y allí lo derrochamos.
La segunda vez no tuvimos tanta suerte, después de haber efectuado el robo, fuimos atacados por lo
guerreros de un jefe indígena al que pagaban las caravanas para que las protegiera. Mataron a
nuestros dos jefes y los que quedamos fuimos llevados a Damasco, despojados de nuestras ropas y
vendidos como esclavos.
Yo fui comprado por dos monedas de plata por un jefe del desierto sirio, con los cabellos rapados y
vestido solamente con algunos trozos de tela, no era diferente de los otros esclavos. Como yo era un
joven despreocupado, pensaba que aquello no era más que una aventura hasta que mi amo me llevó
ante sus cuatro mujeres y me dijo que me tendrían como eunuco.
Entonces entendí de verdad mi situación. Esos hombres del desierto eran salvajes y guerreros, yo
estaba sujeto a su voluntad, desprovisto de armas y sin esperanza de escapar.
Estaba de pie, espantado por las cuatro mujeres que me examinaban. Me preguntaba si podría
esperar alguna compasión de su parte. Sira, la primera mujer, era más vieja que las otras y me
miraba impasible. Me aparté de ella sin esperar nada de su parte; la siguiente, de una belleza
despreciativa, me miraba con tanta indiferencia como si fuera un gusano en la tierra. Las dos más
jóvenes reían como si aquello fuese una broma divertida.
El tiempo que esperé su veredicto me pareció un siglo, cada una parecía dejar la decisión final a las
demás. Finalmente, Sira habló con una voz gélida.
Tenemos muchos eunucos, pero sólo unos pocos guardianes de camellos, y además no sirven para
nada, hoy mismo he de ir a ver a mi madre enferma y no tengo ningún esclavo en el que pueda
confiar para que se ocupe de mi camello. Pregunta a este esclavo si sabe conducir uno.
Entonces mi amo me preguntó: “¿Qué sabes de camellos?” “Luchando por esconder mi entusiasmo,
respondí: “Sé hacer que se arrodillen, los sé cargar, y los sé conducir durante largos viajes sin
cansarme. Y si es necesario, puedo reparar sus arneses.”
“El esclavo sabe bastante, observó mi amo. Si ese es tu deseo, Sira, haz de este hombre tu camellero.”
Así fui dado a Sira y ese mismo día la conduje tras un largo viaje en camello al lado de su madre
enferma. Aproveché la ocasión para agradecerle su intervención y para decirle que no era esclavo de
nacimiento sino hijo de un hombre libre, un honorable fabricante de sillas de Babilonia. También le
conté mi historia. Sus comentarios me desconcertaron, y más tarde reflexioné largamente sobre lo
que me había dicho.
“¿Como puedes llamarte a ti mismo hombre libre, me dijo, cuando tu debilidad te ha llevado a esta
situación? Si un hombre tiene alma de esclavo, ¿no se convertirá en uno, sin importar su cuna, del
mismo modo que el agua busca su nivel? Y si alguien tiene alma de hombre libre, ¿no se hará
respetar y honrar en su ciudad aunque no lo haya acompañado la suerte?”
Durante un año fui esclavo y viví con esclavos, pero no podía convertirme en uno de ellos. Un día
Sira me preguntó: ¿Por qué te quedas solo en tu tienda por la noche, cuando los otros esclavos se
juntan en agradable compañía?
A ello respondí: “Pensé en lo que me dijisteis. Me pregunté si tenía alma de esclavo. No puedo
unirme a ellos, por eso me mantengo al margen.”
“Yo también me mantengo al margen, me confió. Yo tenía una gran dote, por eso mi señor se casó
conmigo. Pero no me desea y lo que toda mujer desea más ardientemente es ser deseada. Por eso, y
como soy estéril y no tengo hijos, me he de mantener al margen. Si yo fuera un hombre preferiría la
muerte antes de ser esclavo, pero las leyes de nuestra tribu hacen de las mujeres esclavas.”
“¿Qué pensáis de mí ahora, que tengo alma de hombre libre o de esclavo?”, le pregunté
repentinamente.
“¿Quieres devolver las deudas que contrajiste en Babilonia?, me preguntó ella.
“Sí que lo quiero, pero no veo cómo podría hacerlo.”
“Si dejas que los años pasen sin preocuparte y sin hacer esfuerzo alguno para devolver ese dinero,
entonces times alma de esclavo. No puede ser de otro modo si un hombre no se respeta a sí mismo;
nadie se puede respetar si no paga las deudas que ha contraído.”
“¿Pero que puedo hacer si soy esclavo en Siria?”
“Sé esclavo en Siria ya que eres un ser débil.”
“No soy un ser débil”, repliqué.
“Entonces, pruébalo”
“¿Cómo?”
“¿Acaso tu rey no combate a sus enemigos con todas las fuerzas que tiene y de todas las maneras que
puede? Tus deudas son tus enemigos, te hicieron huir de Babilonia. Dejaste que se acumularan y se
hicieron demasiado grandes para ti. Si las hubieras combatido como un hombre, las habrías vencido
y hubieras sido una persona honrada por las gentes de tu ciudad. Pero no tuviste valor para hacerlo y
mírate: tu orgullo te ha abandonado y has ido de desgracia en desgracia hasta que has llegado a ser
esclavo en Siria.”
Pensé mucho en estas desagradables acusaciones y concebí diversas teorías exculpatorias para
probarme que en mi fuero interno no era un esclavo, pero no tuve oportunidad de utilizarlas. Tres
días más tarde, las sirvienta de Sira me vino a buscar para conducirme ante mi ama.
“Mi madre vuelve a estar muy enferma, dijo. Unce los dos mejores camellos de mi marido, átales
odres llenas de agua y carga las alforjas para un largo viaje. La criada te dará la comida en la tienda
de cocina.” Cargué los camellos preguntándome la razón de tanta comida que me daba la criada,
pues la casa de la madre de mi ama estaba a menos de una jornada de viaje. La sirvienta montó en el
segundo camello y yo conduje el de Sira. Cuando llegamos a la casa de su madre, empezaba a hacerse
de noche. Sira despidió a la criada y me dijo: “Dabasir, ¿tienes alma de hombre libre o de esclavo?”
“Alma de hombre libre”, respondí.
“Ahora tienes la oportunidad de probarlo. Tu amo ha bebido mucho y sus hombres están embotados.
Coge los camellos y huye. En ese saco tienes vestidos de tu amo para disfrazarte. Yo diré que has
robado los camellos y que has huido mientras visitaba a mi madre enferma.”
“Tenéis alma de reina, le dije, me gustaría poder haceros feliz.”
“No espera la felicidad a la mujer que huye de su marido para buscarla en tierras lejanas entre
extranjeros. Toma tu propio camino y que te protejan los dioses del desierto, pues la ruta es larga,
sin comida ni agua!
No tuve necesidad de que me lo dijeran dos veces; se lo agradecí calurosamente y me fui en medio de
la noche. No conocía aquel extraño país y sólo tenía una pequeña idea de la dirección que había de
seguir para llegar a Babilonia, pero me adentré valientemente en el desierto hacia las colinas. Iba
montado en un camello y aviaba al otro. Viajé durante toda la noche y el día siguiente lleno de
ansiedad, conocedor de la suerte reservada a los esclavos que roban la propiedad de sus amos e
intentan escapar.
Hacia el final de la tarde llegué a un país árido, tan inhabitable como el desierto. Las agudas piedras
herían las patas de mis fieles camellos que lentamente y con gran esfuerzo elegían la ruta. No
encontré hombre ni bestia y pude comprender con facilidad por qué evitaban aquella tierra
inhóspita.
A partir de entonces, el viaje fue como pocos hombres pueden contar haber tenido. Día tras día,
avanzamos lentamente.
Ya no teníamos agua ni comida. El calor del sol era despiadado. A1 final del noveno día, resbalé de
mi montura con el sentimiento de que era demasiado débil para volver a montar y que con toda
seguridad moriría en aquel país deshabitado.
Me tendí en el suelo y dormí. Sólo me desperté con las primeras luces del alba.
Me senté y miré a mi alrededor, había un nuevo frescor en el aire de la mañana, mis camellos
estaban tumbados cerca de allí, ante mí se extendía un vasto país cubierto de rocas y arena. Nada
indicaba que hubiera algo que pudieran beber o comer un hombre o un camello.
-¿Debería enfrentarme con mi fin en aquella tranquila paz? Mi mente estaba más clara de lo que lo
había estado nunca. Mi cuerpo parecía no tener ya importancia. Con los labios resecos y sangrantes,
la lengua áspera e inflada, el estómago vacío, ya no sentía el molesto dolor del día antes.
Medía la inmensidad descorazonadora del desierto y una vez más me pregunté: ¿tengo alma de
hombre libre o de esclavo? Y entonces, con la rapidez del rayo comprendí que si tenía alma de
esclavo me tumbaría en la arena y moriría, un final digno de un esclavo fugitivo.
Pero que si tenía alma de hombre libre, ¿qué sucedería? Debería encontrar el camino hacia
Babilonia, devolver el dinero a los que habían confiado en mí, hacer feliz a mi mujer, que me amaba
de verdad y llevar la paz y la satisfacción a mis padres.
Tus deudas son tus enemigos y te han hecho huir de Babilonia, había dicho Sira. Sí, era cierto, ¿por
qué no me había mantenido firme como un hombre? ¿Por qué había permitido que mi mujer
volviera con su padre?
Entonces algo extraño ocurrió. El mundo entero me pareció ser de un color diferente, como si hasta
ese momento lo hubiera visto a través de una piedra coloreada que de repente hubiera desparecido.
Por fin comprendí cuáles eran los verdaderos valores de la vida.
¡Morir en el desierto! ¡Jamás! Gracias a una nueva visión se me aparecieron todas las cosas que tenía
que hacer. Primero, volvería a Babilonia y daría la cara ante todos con los que había contraído
deudas. Les diría que tras años de errar y de desgracias, había vuelto para pagar mis deudas tan
rápido como me lo permitieran los dioses. Después construiría un hogar para mi mujer y me
convertiría en un ciudadano del que mis padres estarían orgullosos.
Mis deudas son mis enemigos, pero los hombres que me han prestado dinero son mis amigos, pues
han tenido confianza y han creído en mí.
Me tambaleaba sobre mis piernas debilitadas. ¿Qué significaba el hambre? ¿Qué significaba la sed?
Sólo eran obstáculos en el camino de Babilonia. Surgía en mí el alma de un hombre nuevo que iba a
conquistar a sus enemigos y a recompensar a sus amigos. Me estremecí ante la idea del gran
proyecto.
Los vidriosos ojos de los camellos se iluminaron de nuevo al oír mi voz ronca. Se levantaron con gran
esfuerzo, después de varios intentos. Con una conmovedora perseverancia se dirigieron hacia el
Norte, donde algo me decía que encontraríamos Babilonia.
Encontramos agua, atravesamos un país fértil donde crecían la hierba y los frutales. Encontramos el
camino de Babilonia porque el alma de un hombre libre mira la vida como una serie de problemas
que resolver, y los resuelve, mientras que el alma de un esclavo gimotea: ¿Qué puedo hacer yo, que
sólo soy un esclavo?
¿Y a ti, Tarkad? ¿El estómago vacío hace que tu mente sea más clara? ¿Ya has tomado el camino que
lleva hacia el respeto a ti mismo? ¿Ves el mundo de su verdadero color? ¿Deseas pagar tus deudas
justas, sean las que sean, y convertirte en un hombre respetado en Babilonia?
Las lágrimas acudieron a los ojos del joven, que se arrodilló rápidamente.
-Me has mostrado el camino -dijo-; ahora sé cómo encontrar en mi interior el alma del hombre libre.
-¿Pero qué pasó cuando regresaste? preguntó un oyente interesado.
-Cuando se está determinado, se encuentran los medios -respondió Dabasir-.Yo estaba determinado,
por eso me puse en camino para encontrar los medios. Primero visité a todos los hombres con los
que tenía una deuda y les supliqué que fueran indulgentes hasta que pudiera ganar el dinero con el
que les pagaría. La mayoría me acogieron con alegría, algunos me insultaron, pero otros me
ofrecieron su ayuda. Uno de ellos me dio justamente la ayuda que necesitaba, era Maton, el
prestamista de oro. Al saber que había sido camellero en Siria, me envió a ver al viejo Nebatur, el
tratante de camellos al que nuestro buen rey había encargado que comprara varias manadas de
camellos para una gran expedición. Con él puse en práctica mis conocimientos sobre camellos y poco
a poco pude ir devolviendo cada moneda de cobre o plata. De manera que al final pude caminar con
la cabeza bien alta y sentir que era un hombre honorable entre los hombres.
-Dabasir se inclinó de nuevo sobre su comida. -¡Eh, Kausbor, caracol! -gritó lo bastante fuerte para
que le oyeran en la cocina-, la comida está fría. Tráeme más carne recién asada. Dale también un
buen trozo a Tarkad, el hijo de mi viejo amigo, que tiene hambre y que comerá conmigo.
Así se acabó la historia de Dabasir, el tratante de camellos de la antigua Babilonia. Encontró su
camino cuando entendió una gran verdad que ya habían descubierto y aplicado hombres sabios
desde mucho antes de esa época.
Esta verdad había ayudado a muchos hombres a superar las dificultades y a llegar al éxito, y seguiría
haciéndolo a todos los que comprendieran su fuerza mágica. Cualquiera que lea estas líneas la
poseerá.
Cuando se está determinado, se encuentran los medios.

7. Las murallas de Babilonia

El viejo Banzar, guerrero feroz en otros tiempos, hacia guardia en la pasarela que llevaba a la parte
más alta de las murallas de Babilonia. A lo lejos, valerosos soldados defendían el acceso a las
murallas. La supervivencia de la gran ciudad y de sus centenares de miles de habitantes dependía de
ellos.
De más allá de las murallas llegaban el fragor de los ejércitos que combatían, los gritos de los
hombres, los cascos de miles de caballos, el ensordecedor ruido de los arietes que golpeaban las
puertas de bronce.
Los lanceros estaban en alerta continua, preparados para impedir la entrada en la ciudad en el caso
de que las puertas cedieran. No eran numerosos, los ejércitos principales estaban lejos, hacia el Este,
acompañando al rey, que dirigía una campaña contra los elamitas. No habían previsto que pudieran
ser atacados durante esta ausencia y las fuerzas defensoras eran escasas. Cuando nadie se lo
esperaba, los grandes ejércitos asirios llegaron del Norte. Las murallas deberían soportar el ataque,
si no, sería el fin de Babilonia.
Alrededor de Banzar se agrupaban numerosos ciudadanos con expresión espantada que se
informaban ansiosamente sobre la evolución de los combates. Miraban aterrorizados la hilera de
soldados muertos o heridos que eran transportados o que bajaban de la pasarela.
El asalto estaba llegando al momento crucial, tras haber rodeado la ciudad durante tres días, el
enemigo había concentrado sus fuerzas en aquella parte de la muralla y en aquella puerta.
Las defensas, situadas en la parte superior de la muralla, mantenían a raya a los adversarios que
intentaban escalar las paredes de la muralla mediante plataformas o escaleras echándoles aceite
hirviendo o tirando lanzas a los que conseguían llegar hasta lo más alto.
Los enemigos respondían disponiendo una línea de arqueros que proyectaban una lluvia de flechas
contra los babilonios.
El viejo Banzar ocupaba un puesto elevado desde el que podía ver muy bien todo lo que pasaba, se
encontraba muy cerca del centro de los combates y era el primero en percibir los ataques frenéticos
del enemigo.
Un comerciante de edad avanzada se le acercó.
Decidme, por favor, no podrán entrar, ¿verdad? juntando las dos manos le suplicó-. Mis hijos están
acompañando a nuestro buen rey, no hay nadie para proteger a mi anciana esposa. Robarán todos
nuestro bienes, tomarán todas nuestras reservas. Nosotros ya somos viejos, demasiado para poder
servir como esclavos, nos moráremos de hambre. Pereceremos. Decidme que no podrán entrar en la
ciudad.
-Cálmate, buen comerciante -respondió el guardia -. Las murallas de Babilonia son sólidas. Vuelve al
bazar y di a tu mujer que las murallas os protegerán a vosotros y a vuestros bienes tanto como a los
ricos tesoros del rey. Permanece cerca de la muralla para que no te alcance una flecha.
Una mujer con un bebé en brazos ocupó el lugar del hombre que se retiraba.
-Sargento, ¿Qué noticias hay del combate? Decidme la verdad para que pueda tranquilizar a mi
pobre marido. Está en cama con una gran fiebre producida por sus terribles heridas. Pero insiste en
protegerme con su armadura y su lanza, porque estoy encinta. Dice que la venganza del enemigo
sería terrible en el caso de que entrara.
-Tienes buen corazón porque eres madre, y lo volverás a ser. Las murallas de Babilonia te protegerán
a ti y a tus hijos. Son altas y sólidas, ¿no oyes los gritos de nuestros valientes defensores que tiran
calderos de aceite hirviendo a los que intentan escalar los muros?
-Sí, y también oigo el bramido de los arietes que chocan contra nuestras puertas.
-Vuelve con tu marido, dile que las puertas son fuertes y resistirán el embate de los arietes. Dile
también que a los que escalan las murallas les espera una lanza. Ve con cuidado y date prisa en llegar
a los edificios, donde estarás más segura.
Banzar se apartó para dejar vía libre a los refuerzos armados, cuando pasaban muy cerca de él con su
pesada marcha y los escudos de bronce que tintineaban, una niña estiró del cinturón a Banzar.
-Decidme por favor, soldado, ¿estamos seguros? preguntó-. Oigo ruidos terribles, veo hombres que
sangran
¡Tengo tanto miedo! ¿Qué será de nuestra familia, mi madre, mi hermanito y el bebé?
El viejo militar tuvo que cerrar los ojos y levantar la barbilla mientras alzaba a la niña.
-No tengas miedo, pequeña -le dijo-. Las murallas de Babilonia os protegerán a ti, a tu madre, a tu
hermanito y al bebé. La buena reina Semiramis hace cien años las hizo construir para proteger a
gente como tú. Vuelve y di a tu madre, a tu hermanito y al bebé que las murallas de Babilonia los
protegerán y que no tienen de qué tener miedo.
Todos los días, el viejo Banzar permanecía en su puesto y observaba cómo los recién llegados subían
a la pasarela y combatían hasta que, heridos o muertos, los habían de bajar. A su alrededor, una
muchedumbre de ciudadanos atemorizados y ansiosos quería saber si las murallas aguantarían. El
daba a todos la misma respuesta con la dignidad del viejo soldado: Las murallas de Babilonia os
protegerán.
Durante tres semanas y cinco días continuó el ataque con renovada violencia. Cada día la mandíbula
de Banzar se crispaba más y más, pues el paso, lleno de sangre de los numerosos heridos, se había
convertido en un lodazal por el flujo incesante de hombres que subían y bajaban tambaleantes.
Todos los días, los atacantes masacrados se amontonaban en pilas ante las muralla; todas las noches,
sus camaradas los transportaban y enterraban.
La quinta noche de la última semana el clamor disminuyó. Los primeros rayos de sol iluminaron la
llanura, cubierta de grandes nubes de polvo que levantaban los ejércitos en retirada. Un inmenso
grito se alzó entre los defensores. No había duda sobre lo que quería decir. Fue repetido por las
tropas que esperaban detrás de las murallas, por los ciudadanos en las calles, barrió la ciudad con la
violencia de una tempestad.
La gente salió precipitadamente de las casas, una muchedumbre delirante llenó las calles, los
sentimientos de miedo reprimidos durante semanas se transformaron en un grito de alegría salvaje.
De lo alto de la gran torre de Bel salieron las llamas de la victoria, una columna de humo azul se alzó
en el cielo para llevar bien lejos su mensaje.
Una vez más, las murallas de Babilonia habían repelido a un enemigo poderoso y feroz, dispuesto a
saquear sus ricos tesoros y a dominar a sus ciudadanos y reducirlos a la esclavitud.
La ciudad de Babilonia sobrevivió varios siglos porque estaba completamente protegida. De otro
modo, no lo habría conseguido.
Las murallas de Babilonia ilustran bien las necesidades del hombre y su deseo de estar protegido.
Este deseo es inherente a la raza humana, hoy en día es tan fuerte como en la antigüedad, pero
nosotros hemos imaginado planes más amplios y mejores para llegar a este fin.
Hoy en día, apostados tras los muros inexpugnables de los seguros, de las cuentas bancarias y de las
inversiones fiables, podemos protegernos de las tragedias inesperadas que pueden surgir en
cualquier momento.
No podemos permitirnos vivir sin estar protegidos de manera adecuada.

6. El prestamista de oro de Babilonia

¡Cincuenta monedas de oro! El fabricante de lanzas de la vieja Babilonia nunca había llevado tanto
oro en su bolsa de cuero. Volvía feliz caminando a grandes zancadas por el camino real del palacio.
El oro tintineaba alegremente en la bolsa que colgaba de su cinturón y se movía con un suave vaivén
cada vez que daba un paso, era la música más dulce que jamás hubiera oído.
¡Cincuenta monedas de oro! Le costaba creer en su buena suerte. ¡Cuánto poder había en esas piezas
que tintineaban! Podrían procurarle todo lo que quisiera: una casa enorme, tierras, un rebaño,
camellos, caballos, carros, todo lo que deseara.
¿Qué haría con ellas? Aquella noche, mientras tomaba una calle transversal y apresuraba su paso
hacia la casa de su hermana, no podía pensar en otra cosa más que en esas pesadas y brillantes
monedas que ahora le pertenecían.
Unos días más tarde, al ponerse el sol, Rodan entró perplejo en la tienda de Maton, prestamista de
oro y mercader de joyas y de telas exóticas. Sin fijarse en los atractivos artículos que estaban
ingeniosamente dispuestos a ambos lados, cruzó la tienda y se dirigió a las habitaciones de la parte
posterior. Encontró al hombre que buscaba, Maton, tendido en una alfombra y saboreando la
comida que le había servido su esclavo negro.
-Me gustaría pediros consejo porque no sé qué hacer.
Rodan estaba de pie con las piernas abiertas y por debajo de la chaqueta de cuero entreabierta se
adivinaba su pecho velludo.
La figura delgada y pálida de Maton le sonrió y le saludó con afabilidad.
-¿Qué necedades habrás cometido para venir a pedir los favores del prestamista de oro? ¿Has tenido
mala suerte en el juego? ¿Acaso alguna mujer te ha desplumado hábilmente? Desde que te conozco,
nunca has solicitado mi ayuda para resolver tus problemas.
No, no, nada de eso. No busco oro. He venido porque espero que puedas darme un sabio consejo.
-¡Escuchad, escuchad lo que dice este hombre! Nadie viene a ver al prestamista de oro para que le dé
un consejo. Mis oídos me están jugando una mala pasada.
-Oyen correctamente.
-¿Cómo es posible? Rodan, el fabricante de lanzas, es más astuto que nadie. Por eso visita a Maton,
no para pedirle que le preste oro, sino para pedirle consejo.
Hay muchos hombres que vienen a pedirme oro para pagar sus caprichos pero no quieren que los
aconseje. Pero, ¿quién mejor que el prestamista para aconsejar a los muchos hombres que acuden a
él?
Comerás conmigo, Rodan -continuó diciendo-. Esta noche, tú serás mi invitado. ¡Ando! ordenó a su
esclavo negro, extiende una alfombra para mi amigo Rodan, el fabricante de lanzas, que ha venido
para que le aconseje. Será mi invitado de honor. Tráele mucha comida y el mejor vino para que se
complazca en beber.
Ahora, dime qué es lo que te preocupa.
-Se trata del regalo del rey.
-¿El regalo del rey? ¿El rey te ha hecho un regalo que te causa problemas? ¿Qué clase de regalo?
-Me dio cincuenta monedas de oro porque le gustó mucho el diseño de las nuevas lanzas de la
guardia real y ahora estoy muy apurado.
A cualquier hora del día me siento acosado por personas que querrían compartirlas conmigo.
-Es natural, hay muchos hombres que querrían tener más oro del que tienen y, que aquellos que lo
obtienen fácilmente lo compartieran con ellos. Pero, ¿no puedes decirles que no? ¿No eres lo
bastante fuerte como para defenderte?
-Hay muchos días que puedo decir que no pero otras veces es más fácil decir que sí. ¿Puede alguien
negarse a compartir este dinero con su hermana a la que se siente muy ligado?
-Seguramente tu hermana no querrá privarte de la alegría de tu recompensa.
-Pero es por amor a su marido Araman, a quien ella desea ver convertido en un rico mercader.
Cree que nunca ha tenido suerte y quiere que le preste el oro para que pueda convertirse en un
próspero mercader y después devolverme el dinero con los beneficios.
-Amigo mío prosiguió Maton-. Este asunto que quieres discutir es muy interesante. El oro otorga a
quien lo posee una gran responsabilidad y cambia su posición Social frente a los compañeros.
Despierta el temor a perderlo o a ser engañado. Produce una sensación de poder y permite hacer el
bien. Pero, en otras ocasiones, las buenas intenciones pueden causar problemas.
¿Has oído hablar alguna vez del granjero de Nínive que era capaz de entender el lenguaje de los
animales? No es el tipo de fábula que a los hombres les gusta contar en casa del herrero. Te la voy a
contar para que aprendas que en el hecho de tomar prestado o de prestar, hay algo más que el paso
del oro de una mano a otra.
El granjero, que entendía lo que decían los animales entre ellos, todas las noches se paraba sólo para
escuchar lo que hablaban. Una noche oyó al buey quejarse al asno de la dureza de su destino:
Arrastro el arado desde la mañana hasta la noche. Poco importa que haga calor, que esté cansado o
que la yunta me irrite el cuello, igualmente tengo que trabajar. En cambio, tú eres una criatura hecha
para el ocio. Decorado con una manta de colores, no tienes otra cosa que hacer que llevar a nuestro
amo adonde desee ir. Cuando no va a ninguna parte, descansas y paces durante todo el día.
El asno, a pesar de sus peligrosos cascos, era de naturaleza buena y simpatizaba con el buey. Amigo
mío, respondió, trabajas mucho y me gustaría aliviar tu suerte. Así que, voy a contarte cómo puedes
tener un día de descanso. Por la mañana, cuando venga a buscarte el esclavo para la labranza,
tiéndete en el suelo y empieza a mugir sin cesar para que diga que estás enfermo y---que no puedes
trabajar.
Entonces, el buey siguió el consejo del asno y a la mañana siguiente, el esclavo se dirigió a la granja y
le dijo al granjero que el buey estaba enfermo y que no podía arrastrar el arado.
“En este caso, dijo el granjero, unce al asno pues igualmente hay que labrar la tierra.”
Durante todo el día, el asno que solamente había querido ayudar a su amigo, se vio forzado a hacer el
trabajo del buey. Por la noche, cuando lo desengancharon del arado, tenía el corazón afligido, las
piernas cansadas y le dolía el cuello porque la yunta se lo había irritado.
El granjero se acercó al corral para escuchar.
El buey empezó primero. “Eres un buen amigo. Gracias a tu sabio consejo, he disfrutado de un día de
descanso.”
“En cambio yo, replicó el asno, soy un corazón compasivo que empieza por ayudar a un amigo y
termina por hacer su trabajo. A partir de ahora, tú arrastrarás tu propio arado porque he oído que el
amo decía al esclavo que fuera a buscar al carnicero si todavía seguías enfermo. Espero que lo haga
porque eres un compañero perezoso.”
Nunca más se hablaron. Allí terminó su amistad.
Rodar, ¿puedes explicarme la moraleja de esta fábula?
-Es una buena fábula -respondió Rodar-, pero yo no veo la moraleja.
No pensaba que fueras a descubrirla. Pero hay una y muy simple: si quieres ayudar a tu amigo, hazlo
de forma que luego no recaigan sobre ti sus responsabilidades.
No se me había ocurrido eso. Es una moraleja muy sabia. No deseo cargar con las responsabilidades
de mi hermana y de su marido. Pero dime, tú que prestas dinero a tanta gente: ¿acaso los que te
piden dinero prestado no te lo devuelven?
-Maton sonrió con el gesto que permite la experiencia. ¿Acaso sería un buen préstamo si no me lo
devolvieran? ¿No crees que e1 prestamista tiene que ser lo suficientemente listo como para juzgar
con precaución si el oro que presta será de utilidad para el que lo pide prestado y después le será
devuelto, o si el oro se desperdiciará inútilmente y dejará al que lo ha pedido abrumado por una
deuda que nunca podrá devolver?
Voy a enseñarte las monedas que tengo en mi cofre y voy a dejar que te cuenten algunas historias.
Llevó a la habitación un cofre tan largo como su brazo, cubierto con piel de cerdo roja y adornado
con figuritas de bronce. Lo depositó en el suelo y se agachó delante de él, con las dos manos
colocadas encima de la tapa.
-Exijo una garantía de cada persona a quien presto dinero y la dejo en el cofre hasta que me
devuelven el dinero. Cuando lo hacen, se la devuelvo pero si no lo hacen, este depósito me recordará
siempre a aquél que me ha traicionado.
El cofre me demuestra que lo más seguro es prestar dinero a aquellos cuyas posesiones tienen más
valor que el oro que desean que les preste. Tienen tierras, joyas, camellos u otros objetos que se
pueden vender como pago del préstamo. Algunas de las prendas que me dan tienen más valor que el
préstamo. Con otras, prometen entregarme una parte de sus propiedades como pago si no lo
devuelven. Gracias a esta clase de préstamos, me aseguro de que me devolverán el oro con intereses
ya -que el préstamo se basa en el valor de las propiedades.
Hay otra categoría de personas que piden dinero prestado: los que pueden ganar dinero. Son como
tú, trabajan o sirven y se les paga. Cuentan con unos ingresos, son honestos y no tienen mala suerte.
Sé que ellos también pueden devolver el oro que les presto y los intereses a los que tengo derecho.
Estos préstamos se basan en el esfuerzo humano.
Los otros son los que no poseen propiedades ni tampoco ganan dinero. La vida es dura y siempre
habrá gente que no podrá adaptarse. Mi cofre podría reprocharme más tarde que les prestara dinero
aunque sea menos que un céntimo, a menos que buenos amigos del que me ha pedido el dinero me
garantizaran su devolución.
Maton soltó el cerrojo y abrió la tapa. Rodan se acercó a mirar con curiosidad.
Había un collar de bronce encima de una tela de color escarlata. Maton tomó la joya y la acarició con
cariño.
-Esta prenda siempre estará en mi cofre porque su propietario está muerto. La conservo
cuidadosamente y me acuerdo mucho de él porque era un buen amigo. Hicimos muy buenos
negocios juntos hasta que trajo a una mujer del Este, que no se parecía en nada a nuestras mujeres,
con la que se casó. Una criatura deslumbrante. Malgastó todo su oro para colmar todos los deseos de
ella. Cuando ya no le quedaba más oro, acudió a mí, angustiado. Le aconsejé. Le dije que le ayudaría
una vez más a dirigir sus negocios. Juró por el signo del Gran Toro que retomaría las riendas de sus
asuntos. Pero eso no ocurrió.
Durante una pelea, aquella mujer le hundió un cuchillo en el corazón, del mismo modo que él le
había desafiado a que hiciera.
-¿Y ella...? -preguntó Rodan.
-Sí, este collar era suyo.
Maton cogió la bella tela color escarlata.
-Presa de amargos remordimientos, se lanzó al Éufrates. Nunca me devolverán estos dos préstamos.
El cofre te explica, Rodan, que los que piden dinero prestado y son muy apasionados, constituyen un
gran riesgo para el prestamista de oro.
Ahora te voy a contar otra historia diferente.
Buscó un anillo esculpido en un hueso de buey.
-Esta joya pertenece a un granjero. Yo compro las alfombras que sus mujeres tejen. Los saltamontes
devastaron sus cosechas y sus trabajadores no tenían nada que comer. Le ayudé y a la cosecha
siguiente, me devolvió el dinero. Más tarde volvió a visitarme y me dijo que un viajante le había
hablado de unas extrañas cabras que había en unas tierras lejanas. Tenían el pelo tan suave y fino
que sus mujeres podrían tejer las alfombras más bellas que se hubieran visto jamás en Babilonia.
Quería poseer ese rebaño pero no tenía dinero. Así que le presté el oro necesario para el viaje y la
compra de las cabras. Ahora ya tiene su rebaño y el año que viene, voy a sorprender a los amos de
Babilonia con las alfombras más caras que nunca hayan tenido la oportunidad de comprar. Pronto le
devolveré el anillo. Insiste en devolverme el dinero rápidamente.
-¿Acaso hay personas que piden dinero prestado que hacen esto? -inquirió Rodan.
-Si me piden dinero con el fin de ganarlo, lo adivino y acepto prestarlo. Pero si lo hacen para pagarse
sus caprichos, te advierto que seas prudente si quieres recobrar el oro.
-Cuéntame la historia de esta joya -pidió Rodan mientras tomaba con sus manos un brazalete de oro
incrustado de extraordinarias piedras.
-Te interesan las mujeres, amigo mío bromeó Maton.
-Soy bastante más joven que tú -replicó Rodan.
-De acuerdo, pero esta vez te imaginas un romance donde no lo hay. La propietaria es gorda y está
arrugada y habla tanto para decir tan poco que me enoja. Antaño tenía mucho dinero y su hijo y ella
eran buenos clientes pero el tiempo les trajo desgracias. Le hubiera gustado hacer de su hijo un
mercader. Un día vino a mi casa y me pidió dinero prestado para que su hijo pudiera asociarse con el
propietario de una caravana que viajaba con sus camellos y trocaba en una ciudad lo que compraba
en otra.
El hombre demostró ser un canalla porque dejó al pobre chico en una ciudad lejana sin dinero y sin
amigos, tras abandonarlo mientras dormía. Quizá cuando sea adulto, me devolverá el dinero. Desde
entonces, no recibo ningún interés por el préstamo, sólo palabras vanas. Pero reconozco que las
joyas valen el préstamo.
-¿Y esta mujer, te pidió algún consejo sobre este préstamo?
Al contrario, se imaginó que su hijo era un hombre poderoso y rico de Babilonia. Sugerirle lo
contrario la hubiera enfurecido. Solamente tuve derecho a una reprimenda. Sabía que corría un
riesgo porque su hijo era inexperto pero como ella ofrecía la garantía, no pude negarle el préstamo.
-Esto -continuó Maton mientras agitaba un pedazo de cuerda anudado- pertenece a Nebatur, el
comerciante de camellos. Cuando compra un rebaño que cuesta más de lo que él posee, me trae este
nudo y yo le hago un préstamo según sus necesidades. Es un comerciante muy listo. Confío en su
juicio y puedo prestarle dinero tranquilamente. Muchos otros mercaderes de Babilonia también
gozan de mi confianza porque su conducta es honrada.
Los objetos que me entregan en depósito entran y salen regularmente del cofre. Los buenos
mercaderes forman un activo en nuestra ciudad y para mí, es beneficioso ayudarles a mantener vivo
el comercio para que Babilonia sea próspera.
Maton tomó un escarabajo esculpido en una turquesa y lo lanzó desdeñosamente al suelo.
-Es un insecto de Egipto. A1 joven que posee esta piedra no le importa demasiado que algún día yo
recupere el oro. Cuando se lo reclamo, me responde: ¿cómo puedo devolverte el dinero si la
desgracia se cierne sobre mí? ¡Tienes a otros!
¿Qué puedo hacer? El objeto pertenece a su padre, un hombre valeroso pero que no es rico y que
empeñó sus tierras y su rebaño para ayudar a su hijo en sus empresas.
Al principio el joven tuvo éxito y luego empezó a estar muy ansioso por enriquecerse.
Por culpa de su inexperiencia, sus tentativas se fueron al traste.
Los jóvenes son ambiciosos. Les gustaría conseguir rápidamente las riquezas y las cosas deseables
que aporta. Para asegurarse una fortuna rápida, piden dinero prestado con imprudencia.
Como es su primera experiencia, no pueden comprender que una deuda que no sea devuelta es como
un agujero profundo al que podemos descender rápidamente y en el que podemos debatirnos en
vano durante mucho tiempo. Es un agujero de penas y lamentos donde la luz del sol se ensombrece y
la noche perturba un sueño agitado. Pero no desaconsejo que se preste dinero. Animo a que se haga.
Lo recomiendo en el caso de que se haga con una finalidad buena. Yo mismo tuve mi primer gran
éxito como mercader con dinero que me habían prestado.
Pero, ¿qué debe hacer un prestamista en un caso así? El joven ha perdido la esperanza y no hace
nada. Se ha desanimado. No se esfuerza por devolver el dinero. Y yo no quiero despojar a su padre de
sus tierras y de su ganado.
-Me has contado muchas historias interesantes pero no has contestado a mi pregunta. ¿Debo o no
debo prestar las cincuenta monedas de oro a mi hermana y a su marido? ¡Tienen tanto valor para
mí!
-Tu hermana es una mujer valiente y le tengo mucha estima. Si su marido viniera a verme para
pedirme cincuenta monedas de oro, le preguntaría para qué iba a emplearlas.
Si me contestara que quiere hacerse mercader como yo y tener una tienda de joyas y de muebles, le
diría: “¿conoces este oficio? ¿sabes dónde se puede comprar barato?”.
¿Acaso podría responder afirmativamente a todas estas preguntas?
No, no podría -admitió Rodan-. Me ayudó mucho a fabricar lanzas y también ayudó en otras tiendas.
-Entonces, le diría que su objetivo no es sensato. Los mercaderes tienen que aprender su oficio. Su
ambición, más que encomiable, no es lógica y por lo tanto, no le prestaría dinero.
Pero supongamos que dice: “Sí, ayudé mucho a los mercaderes. Sé cómo ir a Esmirna para comprar
a bajo precio las alfombras que las mujeres tejen. Además, conozco a los ricos de Babilonia a quien
puedo vender y así obtener grandes beneficios.”
Entonces, le diría: “Tu objetivo es sensato y tu ambición digna. Me alegraré de prestarte las
cincuenta monedas de oro si me aseguras que me las devolverás.”
Pero si dijera: “Lo único que os puedo asegurar es que soy un hombre de honor y que os devolveré el
dinero.”
Entonces, le respondería que cada moneda de oro es muy valiosa para mí. Si los ladrones te quitan el
dinero de camino a Esmirna o te arrebatan las alfombras a la vuelta, no tendrás medios para
pagarme y habré perdido mi oro.
Como ves, Rodan, el oro es la mercancía del prestamista. Es fácil prestarlo. Si se presta con
imprudencia, es difícil de recuperar. Una promesa es un riesgo que un prestamista prudente
desdeña, y prefiere la garantía de una devolución asegurada.
Es bueno prosiguió- ayudar a los que lo necesitan, ayudar a los que no tienen suerte. Está bien
ayudar a los que empiezan para que prosperen y se conviertan en buenos ciudadanos. Pero la ayuda
debe ser sensata porque si no, igual que el asno de la granja deseoso de ayudar, cargaremos con un
peso que pertenece a otro.
Sigo alejándome de tu pregunta, Rodan, pero escucha mi respuesta: guarda tus cincuenta monedas
de oro. Son la justa recompensa de tu trabajo y nadie puede obligarte a compartirlas, a menos que lo
desees. Si quisieras prestarlas para que te dieran más oro, deberías hacerlo con precaución y en sitios
distintos. No me gusta ni el oro que duerme ni tampoco los grandes riesgos.
¿Cuántos años has trabajado como fabricante de lanzas?
-Tres años.
-¿Además del regalo del rey, cuánto dinero has ahorrado?
-Tres monedas de oro.
-¿O sea, que cada año que has trabajado, te has privado de cosas buenas para ahorrar una moneda
de tus ganancias?
-Así es.
-Entonces, ¿quizás privándote de las cosas buenas podrías ahorrar cincuenta monedas de oro en
cincuenta años?
-Sería el fruto de toda una vida.
-¿Y crees que tu hermana arriesgaría los ahorros de tus cincuenta años de trabajo para que su
marido diera los primeros pasos como mercader?
-No, visto de este modo, no.
-Entonces, ve a verla y dile: He estado tres años trabajando todos los días de la mañana a la noche,
excepto en los días de ayuno y me he privado de muchas cosas que deseaba ardientemente. Por cada
año de trabajo y de abnegación, he conseguido una moneda de oro. Eres mi hermana predilecta y
deseo que tu marido emprenda un negocio donde pueda prosperar mucho. Si puede presentarme un
plan que a mi amigo Maton le parezca sensato y realizable, entonces le prestaré gustosamente mis
ahorros de un año entero para que tenga la oportunidad de demostrar que puede tener éxito.
Haz lo que te digo y si tiene talento para triunfar, tendrá que demostrarlo. Si falla, no te deberá más
que lo que espera devolverte algún día.
Soy prestamista de oro porque tengo más oro del que me hace falta para comerciar.
Deseo que mi excedente de oro trabaje para los demás y así me aporte más oro. No me quiero
arriesgar a perder mi oro porque he trabajado mucho y me he privado de muchas cosas para
ahorrarlo. Así que no voy a prestarlo a quien no merezca mi confianza y me asegure que me será
devuelto. Tampoco lo prestaré si no estoy convencido que los intereses de este préstamo me serán
devueltos rápidamente.
Te he contado, Rodan, algunos secretos de mi cofre. Estos' ~ secretos te han revelado las debilidades
de los hombres y su ansiedad por pedir dinero prestado aunque no siempre tengan los medios
seguros para devolverlo.
Con estos ejemplos, te darás cuenta de que a menudo, la gran esperanza de estos hombres sería
adquirir grandes ganancias si tuvieran dinero y que simplemente se trata de falsas esperanzas
porque no tienen ni la habilidad ni la experiencia necesarias para realizarlas.
Ahora tú, Rodan, posees el oro que podría producirte más oro. Estás muy cerca de convertirte, como
yo, en un prestamista de oro. Si conservas tu tesoro, te aportará generosos intereses; será una fuente
abundante de placeres y será provechoso para el resto de tus días. Pero, si lo dejas escapar, será una
fuente tan constante de penas y lamentos que nunca lo olvidarás.
¿Qué es lo que más deseas para el oro que contiene tu bolsa de cuero?
-Guardarlo en un lugar seguro.
Has hablado con sensatez -respondió Maton en tono de aprobación. Tu primer deseo es la seguridad.
¿Crees que bajo la custodia de tu cuñado estará seguro y al abrigo de cualquier pérdida?
-Me temo que no porque no es prudente en su forma de guardar el oro.
-Entonces, no te dejes influir por los estúpidos sentimientos hacia cualquier persona que te llevan a
confiar tu tesoro. Si quieres ayudar a tu familia o a tus amigos, encuentra otros medios que no sean
arriesgarte a perder tu tesoro. No te olvides de que el oro escapa inesperadamente a los que no saben
guardarlo. Ya sea por extravagancia
o dejando que los otros lo pierdan por ti. Después de la seguridad, ¿qué es lo que más deseas para tu
tesoro? -Que me produzca más oro. -Vuelves a hablar con sensatez. Tu oro tiene que darte ganancias
y aumentar. El dinero que se presta
sabiamente puede incluso duplicarse antes de que te hagas viejo. Si te arriesgas a perder tu dinero,
también te arriesgas a perder todo lo que te pueda reportar.
Así que no te dejes influir por los planes fantásticos de hombres imprudentes que piensan que saben
la forma de hacer que tu oro produzca extraordinarias ganancias. Son planes forjados por soñadores
inexpertos que no conocen las leyes seguras y fiables del comercio. Sé conservador en cuanto a las
ganancias que el oro pueda producirte y en cuanto a lo que puedes ganar y así saca partido de tu
tesoro. Invertir el oro contra una promesa de ganancias usureras es ir a perderlo.
Intenta asociarte con hombres hábiles y emprender negocios cuyo éxito esté asegurado para que tu
tesoro salga ganando y esté en lugar seguro gracias a vuestra astucia y experiencia.
De este modo, evitarás las desgracias que acompañan a la mayoría de los hijos de los hombres a
quienes Dios confía el oro.
Cuando Rodan quiso agradecerle su sabio consejo, éste no le escuchó y dijo: El regalo del rey te
procurará mucha sabiduría. Si guardas las cincuenta monedas de oro, tendrás que ser discreto.
Tendrás tentaciones de invertir en muchos proyectos. Te darán muchos consejos. Tendrás muchas
oportunidades de obtener grandes beneficios. Antes de prestar ninguna moneda de oro, tienes que
asegurarte de que te será devuelta. Si quieres más consejos, vuelve a visitarme. Te los daré
gustosamente.
Antes de irte, lee lo que grabé en la tapa del cofre. Se puede aplicar tanto al prestamista como al que
pide el dinero prestado.
Vale más prevenir que curar

5. Las cinco leyes del oro

-Si pudieras escoger entre un saco lleno de oro y una tablilla de arcilla donde estuvieran grabadas
unas palabras llenas de sabiduría, ¿qué escogerías?
Al lado de las vacilantes llamas de una hoguera alimentada con arbustos del desierto, los morenos
rostros de los oyentes brillaban, animados por el interés.
-El oro, el oro -respondieron a coro los veintisiete presentes. El viejo Kalabab, que había previsto
esta respuesta, sonrió.
-¡Ah! -continuó, alzando la mano-. Escuchad a los perros salvajes a lo lejos, en la noche. Aúllan y
gimen porque el hambre les corroe las entrañas. Pero dadles comida y observad lo que hacen. Se
pelean y se pavonean. Y después siguen peleándose y pavoneándose, sin preocuparse por el mañana.
Exactamente igual que los hijos de los hombres. Dadles a escoger entre el oro y la sabiduría: ¿qué
hacen? Ignoran la sabiduría y malgastan el oro. Al día siguiente, gimen porque ya no tienen oro.
El oro está reservado a aquellos que conocen sus leyes y las obedecen.
Kalabab cubrió sus delgadas piernas con la túnica blanca, pues la noche era fría y el viento soplaba
con fuerza.
-Porque me habéis servido fielmente durante nuestro largo viaje, porque habéis cuidado bien de mis
camellos, porque habéis trabajado duro sin quejaros a través de las arenas del desierto y porque os
habéis enfrentado con valentía a los ladrones que han intentado despojarme de mis bienes, esta
noche voy a contaros la historia de las cinco leyes del oro, una historia como jamás habéis escuchado
antes.
¡Escuchad, escuchad! Prestad mucha atención a mis palabras para comprender su significado y
tenerlas en cuenta en el futuro si deseáis poseer mucho oro.
Hizo una pausa impresionante. Las estrellas brillaban en la bóveda celeste. Detrás del grupo se
distinguían las descoloridas tiendas que habían sujetado fuertemente, en previsión de posibles
tormentas de arena. Al lado de las tiendas, los fardos de mercancías recubiertos de pieles estaban
correctamente apilados. Cerca de allí, algunos camellos tumbados en la arena rumiaban satisfechos,
mientras que otros roncaban, emitiendo un sonido ronco.
-Ya nos has contado varias historias interesantes, Kalabab -dijo en voz alta el jefe de la caravana-. En
ti vemos la sabiduría que nos guiará cuando tengamos que dejar de servirte.
-Os he contado mis aventuras en tierras lejanas y extranjeras, pero esta noche voy a hablaros de la
sabiduría de Arkad, el hombre sabio que es muy rico.
-Hemos oído hablar mucho de él -reconoció el jefe de la caravana-, pues era el hombre más rico que
jamás haya vivido en Babilonia.
-Era el hombre más acaudalado porque usaba el oro con sabiduría, más de lo que cualquier otra
persona lo hizo anteriormente. Esta noche voy a hablaros de su gran sabiduría tal como Nomasir, su
hijo, me habló de ella hace muchos años en Nínive, cuando yo no era más que un joven.
Mi maestro y yo nos habíamos quedado hasta bien entrada la noche en el palacio de Nomasir. Yo
había ayudado a mi maestro a llevar los grandes rollos de suntuosas alfombras que debíamos
mostrar a Nomasir para que éste hiciera su elección. Finalmente, quedó muy satisfecho y nos invitó a
sentarnos con él y beber un vino exótico y perfumado que recalentaba el estómago, bebida a la que
yo no estaba acostumbrada.
Entonces nos contó la historia de la gran sabiduría de Arkad, su padre, la misma que voy a contaros.
Como sabéis, según la costumbre de Babilonia, los hijos de los ricos viven con sus padres a la espera
de recibir su herencia. Arkad no aprobaba esta costumbre. Así pues, cuando Nomasir tuvo derecho a
su herencia, le dijo al joven:
“Hijo mío, deseo que heredes mis bienes. Sin embargo, debes demostrar que eres capaz de
administrarlos con sabiduría. Por tanto, quiero que recorras el mundo y que demuestres tu
capacidad de conseguir oro y de hacerte respetar por los hombres.
“Para que empieces con buen pie, te daré dos cosas que yo no tenía cuando empecé; siendo un joven
pobre, a 0tnasar mi fortuna.
“En primer lugar, te doy este saco de oro. Si lo utilizas con sabiduría, construirás las bases de tu
futuro éxito.
“En segundo lugar, te doy esta tablilla de arcilla donde están grabadas las cinco leyes del oro. Sólo
serás eficaz y seguro si las pones en práctica en tus propios actos.
“Dentro de diez años, volverás a casa de tu padre y darás cuenta de tus actos. Si has demostrado tu
valor, entonces heredarás mis bienes. De no ser así, los daré a los sacerdotes para que recen por mi
alma y pueda ganar la buena consideración de los dioses.
Así pues, Nomasir partió para vivir sus propias experiencias, llevándose consigo el saco de oro, la
tablilla cuidadosamente envuelta en seda, su esclavo y caballos sobre los que montaron.
Los diez años pasaron rápidamente y Nomasir, como habían convenido, volvió a casa de su padre,
que organizó un gran festín en su honor, festín al que estaban invitados varios amigos y parientes.
Terminada la cena, el padre y la madre se instalaron en sus asientos ubicados en la gran sala,
semejantes a dos tronos, y Nomasir se situó frente a ellos para dar cuenta de sus actos tal como
había prometido a su padre.
Era de noche. En la sala flotaba el humo de las lámparas de aceite que alumbraban débilmente la
estancia. Los esclavos vestidos con chaquetones blancos y túnicas batían el húmedo aire con largas
hojas de palma. Era una escena solemne. Impacientes por escucharle, la mujer de Nomasir y sus dos
jóvenes hijos, amigos y otros miembros de la familia se sentaron sobre las alfombras detrás de él.
“Padre, empezó con deferencia, me inclino ante vuestra sabiduría. Hace diez años, cuando yo me
encontraba en el umbral de la edad adulta, me ordenasteis que partiera y me convirtiera en hombre
entre los hombres, en lugar de seguir siendo el simple candidato a vuestra fortuna.
“Me disteis mucho oro. Me disteis mucha de vuestra sabiduría. Desgraciadamente, debo admitir,
muy a pesar mío, que administré muy mal el oro que me habíais confiado. Se escurrió entre mis
dedos, ciertamente a causa de mi inexperiencia, como una liebre salvaje que se salva a la primera
oportunidad que le ofrece el joven cazador que la ha capturado.
El padre sonrió con indulgencia.
“Continúa, hijo mío, tu historia me interesa hasta el mínimo detalle”.
“Decidí ir a Nínive porque era una ciudad próspera, con la esperanza de poder encontrar buenas
oportunidades allí. Me uní a una caravana e hice numerosos amigos. Dos hombres, conocidos por
poseer el caballo blanco más hermoso, tan rápido como el viento, formaban parte de la caravana.
“Durante el viaje, me confiaron que en Nínive había un hombre que poseía un caballo tan rápido que
jamás había sido superado en ninguna carrera. Su propietario estaba convencido de que ningún
caballo en vida podía correr más deprisa. Estaba dispuesto a apostar cualquier cantidad, por muy
elevada que fuera, a que su caballo podía superar a cualquier otro caballo en toda Babilonia.
Comparado con su caballo, dijeron mis amigos, no era más que un pobre asno, fácil de ganar.
“Me ofrecieron, como gran favor, la oportunidad de unirme a ellos en la apuesta. Yo estaba
entusiasmado por aquel proyecto tan emocionante.
“Nuestro caballo perdió y yo perdí gran parte de mi upo. El padre rió. Más tarde descubrí que era un
plan fraudulento organizado por aquellos hombres, y que viajaban constantemente en caravanas en
busca de nuevas víctimas. Como podéis suponer, el hombre de Nínive era su cómplice y compartía
con ellos las apuestas que ganaba. Esta trampa fue mi primera lección de desconfianza.
“Pronto recibiría otra, tan amarga como la primera. En la caravana, había un joven con el cual me
unía la amistad. Era hijo de padres ricos como yo y se dirigía a Nínive para conseguir una situación
aceptable. Poco tiempo después de nuestra llegada, me dijo que un rico mercader había muerto y
que su tienda, su valiosa mercancía y su clientela estaban a nuestro alcance por un precio muy
razonable. Diciéndome que podríamos ser socios a partes iguales, pero que primero tenía que volver
a Babilonia para depositar su dinero en un lugar seguro, me convenció para que comprara la
mercancía con mi oro.
“Retrasó su viaje a Babilonia, y resultó ser un comprador poco prudente y malgastador. Finalmente
me deshice de él, pero el negocio había empeorado hasta tal punto que ya no quedaba casi nada
aparte de mercancías invendibles y yo no tenía más oro para comprar otras. Malvendí lo que
quedaba a un israelita por una suma irrisoria.
“Los días que siguieron fueron amargos, padre. Busqué trabajo pero no encontré ninguno, pues no
tenía un oficio ni una profesión que me hubieran permitido ganar dinero. Vendí mis caballos. Vendí
a mi esclavo. Vendí mis ropas de recambio para comprar algo que llevarme a la boca y un lugar
donde dormir, pero el hambre se hacía sentir cada vez más.
“Durante aquellos días de miseria, recordé vuestra confianza en mí, padre. Me habíais enviado a la
aventura para que me convirtiera en un hombre, y estaba decidido a conseguirlo. La madre ocultó su
rostro y lloró tiernamente.
“En aquel momento me acordé de la tablilla que me habíais dado y en la que habíais grabado las
cinco leyes del oro. Entonces leí con mucha atención vuestras palabras de sabiduría y comprendí que
si primero hubiera buscado la sabiduría, no hubiera perdido todo mi oro. Memoricé todas las leyes y
decidí que cuando la diosa de la fortuna me volviera a sonreír, me dejaría guiar por la sabiduría de la
edad y no por una juventud inexperta.
“En beneficio de los que están aquí sentados, voy a leer las palabras de sabiduría que mi padre hizo
grabar en la tablilla de arcilla que me dio hace diez años.
LAS CINCO LEYES DE ORO
I. El oro acude fácilmente, en cantidades siempre más importantes, al hombre que reserva no menos
de una décima parte de sus ganancias para crear un bien en previsión de su futuro y del de su
familia.
II. El oro trabaja con diligencia y de forma rentable para el poseedor sabio que le encuentra un uso
provechoso, multiplicándose incluso como los rebaños en los campos.
III. El oro permanece bajo la protección del poseedor prudente que lo invierte según los consejos de
hombres sabios.
IV El oro escapa al hombre que invierte sin fin alguno en empresas que no le son familiares o que no
son aprobadas por aquellos que conocen la forma de utilizar el oro.
V. El oro huye del hombre que lo fuerza en ganancias imposibles, que sigue el seductor consejo de
defraudadores y estafadores o que seña de su propia inexperiencia y de sus románticas intenciones
de inversión.
“Estas son las cinco leyes del oro tal como mi padre las escribió. Afirmo que son mucho más valiosas
que el mismo oro, como demuestra la ría.
“Os he hablado de la enorme pobreza y de la desesperación a las que me había conducido mi
inexperiencia, de nuevo miró a su padre.
“Sin embargo, no hay mal que cien años dure. El fin de mis desventuras llegó cuando encontré un
empleo, el de capataz de un grupo de esclavos que trabajaban en la construcción de la nueva muralla
que tenía que rodear la ciudad.
“Como conocía la primera ley del oro, pude aprovechar esta oportunidad; reservé una pieza de cobre
de mis primeras ganancias, sumando otra siempre que me era posible hasta conseguir una moneda
de plata. Era un proceso lento, puesto que tenía que satisfacer mis necesidades. Admito que gastaba
con reparo porque estaba decidido a ganar tanto oro como me habíais dado, padre, y antes de que
hubieran transcurrido los diez años.
“Un día, el jefe de los esclavos, del cual me había hecho bastante amigo, me dijo:
“Sois un joven ahorrador que no gasta a diestro y siniestro todo lo que gana. ¿Tenéis oro reservado
que no produce?”
“Sí, le contesté. Mi mayor deseo consiste en acumular oro para reemplazar el que mi padre me había
dado y que perdí.”
“Es una ambición muy noble, ¿y sabíais que el oro que habéis ahorrado puede trabajar por vos y
haceros ganar todavía más oro?”
“¡Ay! Mi experiencia ha sido muy dura porque todo el oro de mi padre ha desaparecido y tengo
miedo de que suceda lo mismo con el mío.” r
“Si confiáis en mí, os daré un provechoso consejo respecto a la forma de utilizar el oro, replicó él.
Dentro de un año, la muralla que rodeará la ciudad estará terminada y dispuesta a acoger las
grandes puertas centrales de bronce destinadas a proteger la ciudad contra los enemigos del rey. En
todo Nínive no hay el metal suficiente para fabricar estas puertas y el rey no ha pensado en
conseguirlo. Este es mi plan: varios de nosotros vamos a reunir nuestro oro para enviar una caravana
a las lejanas minas de cobre y de estaño para traer a Nínive el metal necesario para fabricar las
puertas. Cuando el rey ordene que se hagan las puertas, nosotros seremos los únicos que podremos
proporcionar el metal y nos pagará un buen precio. Si el rey no nos compra, siempre podremos
revender el metal a un precio razonable.”
“En esta oferta reconocí una oportunidad y, fiel a la tercera ley, invertí mis ahorros siguiendo el
consejo de hombres sabios. Tampoco sufrí decepción alguna... Nuestros fondos comunes fueron un
éxito y mi cantidad de oro aumentó considerablemente gracias a esta transacción.
“Con el tiempo me aceptaron como miembro del mismo grupo de inversores para otras empresas.
Aquellos hombres eran sabios a la hora de administrar provechosamente el oro. Estudiaban
cuidadosamente todos los planes presentados antes de pasar a ejecutarlos. No se arriesgaban a
perder su capital o a estancarlo en inversiones no rentables que no hubieran permitido recuperar el
oro. Empresas insensatas como la carrera de caballos y la asociación de la que había formado parte
por culpa de mi experiencia ni siquiera habrían merecido su consideración. Ellos habrían detectado
los peligros de esas empresas inmediatamente. Gracias a mi asociación con aquellos hombres,
aprendí a invertir mi oro con seguridad para que me produjera beneficios. Con el paso de los años,
mi tesoro aumentaba cada vez más deprisa. No sólo he ganado lo que había perdido, sino que he
traído mucho más.
“A lo largo de mis desgracias, mis intentos y mis éxitos, he puesto a prueba la sabiduría de las cinco
leyes del oro repetidamente, padre, y éstas se han revelado justas en cada ocasión. Para aquel que no
conoce las cinco leyes del oro, el oro no acude a él y se gasta rápidamente. Pero para aquel que sigue
las cinco leyes, el oro acude a él y trabaja como un fiel esclavo.!
Nomasir dejó de hablar e hizo una señal a un esclavo que se encontraba al fondo de la sala. El
esclavo trajo, de uno en uno, tres pesados sacos de cuero. Nomasir tomó uno de los sacos y lo colocó
en el suelo frente a su padre dirigiéndose a él una vez más:
“Me habíais dado un saco de oro, de oro de Babilonia. Para reemplazarlo, os devuelvo un saco de oro
de Nínive del mismo peso. Todo el mundo estará de acuerdo en que es un intercambio justo.
“Me habíais dado una tablilla de arcilla con sabiduría grabada en ella. A cambio, os doy dos sacos de
oro.
Diciendo esto, tomó los otros dos sacos de manos del esclavo y, como el primero, los colocó delante
de su padre.
“Esto es para demostraron, padre, que considero mucho más valiosa vuestra sabiduría que vuestro
oro. Pero ¿quién puede medir en sacos de oro el valor de la sabiduría? Sin sabiduría, aquellos que
poseen oro lo pierden rápidamente, pero gracias a la sabiduría, aquellos que no tienen oro pueden
conseguirlo, tal como demuestran estos tres sacos.
Es una gran satisfacción para mí, padre, poder estar frente a vos y deciros que gracias a vuestra
sabiduría he podido llegar a ser rico y respetado por los hombres.
El padre colocó su mano sobre la cabeza de Nomasir con gran afecto.
“Has aprendido bien la lección y, verdaderamente, soy muy afortunado de tener un hijo al que
confiar mi riqueza.”
Terminado el relato, Kalabab permaneció callado, observando a sus oyentes con aire crítico.
-¿Qué pensáis de la historia de Nomasir? -continuó-. ¿Quién de entre vosotros puede acudir a su
padre o a su suegro y dar cuenta de la buena administración de sus ingresos?
¿Qué pensarían esos venerables hombres si les dijerais: He viajado y aprendido mucho, he trabajado
mucho y he ganado mucho pero, ¡ay!, tengo poco oro. He gastado parte de él con sabiduría, otra
parte alocadamente y también he perdido otra por imprudencia?
¿Todavía creéis que la suerte es la responsable de que algunos hombres posean mucho oro y de que
otros no tengan? En ese caso, os equivocáis.
Los hombres tienen mucho oro cuando conocen las Finco leyes del oro y las respetan.
Gracias al hecho de haber aprendido las cinco leyes en mi juventud y de haberlas seguido, me he
convertido en un mercader rico. No he hecho fortuna por una extraña magia.
La riqueza que se adquiere rápidamente también desaparece rápidamente.
La riqueza que permanece para proporcionar alegría y satisfacción a su poseedor aumenta de forma
gradual horque es una criatura nacida del conocimiento y de la determinación.
Adquirir bienes constituye una carga sin importancia para el hombre prudente. Transportar la carga
año tras año con inteligencia permite llegar al objetivo final.
A aquellos que respetan las cinco leyes del oro, se les ofrece una rica recompensa.
Cada una de las cinco leyes es rica en significado y, si no habéis comprendido su sentido durante mi
relato, voy a repetíroslas ahora. Me las sé de memoria porque, siendo joven, pude constatar su valor
y no me hubiera sentido satisfecho mientras no las hubiera memorizado.
La primera ley del oro
El oro acude fácilmente, en cantidades siempre más importantes, al hombre que reserva no menos
de una décima parte de sus ganancias para crear un bien en previsión de su futuro y del de su
familia.
El hombre que sólo reserva la décima parte de sus ganancias de forma regular y la invierte con
sabiduría seguramente creará una inversión valiosa que le procurará unos ingresos para el futuro y
una mayor seguridad para su familia si llegara el caso de que los dioses le volvieran a llamar hacia el
mundo de la oscuridad. Esta ley dice que el oro siempre acude libremente a un hombre así. Yo puedo
confirmarlo basándome en mi propia vida. Cuanto más oro acumulo, más oro acude a mí
rápidamente y en cantidades crecientes. El oro que ahorro proporciona más, igual que lo hará el
vuestro, y estas ganancias proporcionan otras ganancias; así funciona la primera ley.
La segunda ley del oro
El oro trabaja con diligencia y de forma rentable para el poseedor sabio que le encuentra un uso
provechoso, multiplicándose incluso como los rebaños en los campos.
Verdaderamente, el oro es un trabajador voluntarioso. Siempre está impaciente por multiplicarse
cuando se presenta la oportunidad. A todos los hombres que tienen un tesoro de oro reservado, se
les presenta una oportunidad, permitiéndoles aprovecharla. Con los años, el oro se multiplica de
manera sorprendente.
La tercera ley del oro
El oro permanece bajo la protección del poseedor prudente que lo invierte según los consejos de
hombres sabios.
El oro se aferra al poseedor prudente, aunque se trate de un poseedor despreocupado. El hombre
que busca la opinión de hombres sabios en la forma de negociar con oro aprende rápidamente a no
arriesgar su tesoro y a preservarlo y verlo aumentar con satisfacción.
La cuarta ley del oro
El oro escapa al hombre que invierte sin fin alguno en empresas que no le son familiares o que no
son aprobadas por aquellos que conocen la forma de utilizar el oro.
Para el hombre que tiene oro pero que no tiene experiencia en los negocios, muchas inversiones
parecen provechosas. A menudo, estas inversiones comportan un riesgo, y los hombres sabios que
las estudian demuestran rápidamente que son muy poco rentables. Así pues, el poseedor de oro
inexperto que se fía de su propio juicio y que invierte en una empresa con la que no está
familiarizado descubre a menudo que su juicio es incorrecto y paga su inexperiencia con parte de su
tesoro. Sabio es aquel que invierte sus tesoros según los consejos de hombres expertos en el arte de
administrar el oro.
La quinta ley del oro
El oro huyó del hombre que lo fuerza en ganancias imposibles, que sigue el seductor consejo de
defraudadores y estafadores o que se fía de su propia inexperiencia y de sus románticas intenciones
de inversión.
El nuevo poseedor de oro siempre se encontrará con proposiciones extravagantes que son tan
emocionantes como la aventura. Éstas dan la impresión de proporcionar unos poderes mágicos a su
tesoro que lo hacen capaz de conseguir ganancias imposibles. Pero, verdaderamente, desconfiad; los
hombres sabios conocen bien las trampas que se esconden detrás de cada plan que pretende
enriquecer de forma repentina.
Recordad a los hombres ricos de Nínive que no se arriesgaban a perder su capital ni a estancarlo en
inversiones no rentables.
Aquí termina mi historia de las cinco leyes del oro. Al contárosla, os he revelado los secretos de mi
propio éxito
Sin embargo, no se trata de secretos, sino de grandes verdades que todos los hombres deben
aprender primero y seguir después si desean escapar de la multitud que, como los perros salvajes, se
preocupa todos los días por su ración de pan.
Mañana entraremos en Babilonia. ¡Observad con atención! ¡Mirad la llama eterna que arde en lo alto
del Templo de Bel! Ya vemos la ciudad dorada. Mañana, cada uno de vosotros tendrá oro, el oro que
tanto os habéis ganado con vuestros fieles servicios.
Dentro de diez años contando desde esta noche, ¿qué podréis decir de este oro?
Entre vosotros hay hombres que, como Nomasir, utilizarán una parte de su oro para comenzar a
acumular bienes y, por consiguiente, guiados por la sabiduría de Arkad, dentro de diez años, no cabe
la menor duda, serán ricos y respetados por los hombres, como el hijo de Arkad.
Nuestros actos sabios nos acompañan a lo largo de toda la vida para servirnos y ayudarnos. Del
mismo modo, seguramente, nuestros actos imprudentes nos persiguen para atormentarnos.
Desgraciadamente, no se pueden olvidar. Los primeros de los tormentos que nos persiguen son los
recuerdos de cosas que tendríamos que haber hecho, oportunidades que se nos presentaron pero que
no aprovechamos.
Los tesoros de Babilonia son tan importantes que ningún hombre es capaz de calcular su valor en
piezas de oro. Todos los años adquieren mayor valor. Como los tesoros de todos los países,
constituyen una recompensa, la rica recompensa que espera a los hombres resueltos, decididos a
conseguir la parte que merecen.
La fuerza de vuestros propios deseos contiene un poder mágico. Guiad este poder gracias al
conocimiento de las cinco leyes del oro y tendréis vuestra parte de los tesoros de Babilonia.