5. Las cinco leyes del oro

-Si pudieras escoger entre un saco lleno de oro y una tablilla de arcilla donde estuvieran grabadas
unas palabras llenas de sabiduría, ¿qué escogerías?
Al lado de las vacilantes llamas de una hoguera alimentada con arbustos del desierto, los morenos
rostros de los oyentes brillaban, animados por el interés.
-El oro, el oro -respondieron a coro los veintisiete presentes. El viejo Kalabab, que había previsto
esta respuesta, sonrió.
-¡Ah! -continuó, alzando la mano-. Escuchad a los perros salvajes a lo lejos, en la noche. Aúllan y
gimen porque el hambre les corroe las entrañas. Pero dadles comida y observad lo que hacen. Se
pelean y se pavonean. Y después siguen peleándose y pavoneándose, sin preocuparse por el mañana.
Exactamente igual que los hijos de los hombres. Dadles a escoger entre el oro y la sabiduría: ¿qué
hacen? Ignoran la sabiduría y malgastan el oro. Al día siguiente, gimen porque ya no tienen oro.
El oro está reservado a aquellos que conocen sus leyes y las obedecen.
Kalabab cubrió sus delgadas piernas con la túnica blanca, pues la noche era fría y el viento soplaba
con fuerza.
-Porque me habéis servido fielmente durante nuestro largo viaje, porque habéis cuidado bien de mis
camellos, porque habéis trabajado duro sin quejaros a través de las arenas del desierto y porque os
habéis enfrentado con valentía a los ladrones que han intentado despojarme de mis bienes, esta
noche voy a contaros la historia de las cinco leyes del oro, una historia como jamás habéis escuchado
antes.
¡Escuchad, escuchad! Prestad mucha atención a mis palabras para comprender su significado y
tenerlas en cuenta en el futuro si deseáis poseer mucho oro.
Hizo una pausa impresionante. Las estrellas brillaban en la bóveda celeste. Detrás del grupo se
distinguían las descoloridas tiendas que habían sujetado fuertemente, en previsión de posibles
tormentas de arena. Al lado de las tiendas, los fardos de mercancías recubiertos de pieles estaban
correctamente apilados. Cerca de allí, algunos camellos tumbados en la arena rumiaban satisfechos,
mientras que otros roncaban, emitiendo un sonido ronco.
-Ya nos has contado varias historias interesantes, Kalabab -dijo en voz alta el jefe de la caravana-. En
ti vemos la sabiduría que nos guiará cuando tengamos que dejar de servirte.
-Os he contado mis aventuras en tierras lejanas y extranjeras, pero esta noche voy a hablaros de la
sabiduría de Arkad, el hombre sabio que es muy rico.
-Hemos oído hablar mucho de él -reconoció el jefe de la caravana-, pues era el hombre más rico que
jamás haya vivido en Babilonia.
-Era el hombre más acaudalado porque usaba el oro con sabiduría, más de lo que cualquier otra
persona lo hizo anteriormente. Esta noche voy a hablaros de su gran sabiduría tal como Nomasir, su
hijo, me habló de ella hace muchos años en Nínive, cuando yo no era más que un joven.
Mi maestro y yo nos habíamos quedado hasta bien entrada la noche en el palacio de Nomasir. Yo
había ayudado a mi maestro a llevar los grandes rollos de suntuosas alfombras que debíamos
mostrar a Nomasir para que éste hiciera su elección. Finalmente, quedó muy satisfecho y nos invitó a
sentarnos con él y beber un vino exótico y perfumado que recalentaba el estómago, bebida a la que
yo no estaba acostumbrada.
Entonces nos contó la historia de la gran sabiduría de Arkad, su padre, la misma que voy a contaros.
Como sabéis, según la costumbre de Babilonia, los hijos de los ricos viven con sus padres a la espera
de recibir su herencia. Arkad no aprobaba esta costumbre. Así pues, cuando Nomasir tuvo derecho a
su herencia, le dijo al joven:
“Hijo mío, deseo que heredes mis bienes. Sin embargo, debes demostrar que eres capaz de
administrarlos con sabiduría. Por tanto, quiero que recorras el mundo y que demuestres tu
capacidad de conseguir oro y de hacerte respetar por los hombres.
“Para que empieces con buen pie, te daré dos cosas que yo no tenía cuando empecé; siendo un joven
pobre, a 0tnasar mi fortuna.
“En primer lugar, te doy este saco de oro. Si lo utilizas con sabiduría, construirás las bases de tu
futuro éxito.
“En segundo lugar, te doy esta tablilla de arcilla donde están grabadas las cinco leyes del oro. Sólo
serás eficaz y seguro si las pones en práctica en tus propios actos.
“Dentro de diez años, volverás a casa de tu padre y darás cuenta de tus actos. Si has demostrado tu
valor, entonces heredarás mis bienes. De no ser así, los daré a los sacerdotes para que recen por mi
alma y pueda ganar la buena consideración de los dioses.
Así pues, Nomasir partió para vivir sus propias experiencias, llevándose consigo el saco de oro, la
tablilla cuidadosamente envuelta en seda, su esclavo y caballos sobre los que montaron.
Los diez años pasaron rápidamente y Nomasir, como habían convenido, volvió a casa de su padre,
que organizó un gran festín en su honor, festín al que estaban invitados varios amigos y parientes.
Terminada la cena, el padre y la madre se instalaron en sus asientos ubicados en la gran sala,
semejantes a dos tronos, y Nomasir se situó frente a ellos para dar cuenta de sus actos tal como
había prometido a su padre.
Era de noche. En la sala flotaba el humo de las lámparas de aceite que alumbraban débilmente la
estancia. Los esclavos vestidos con chaquetones blancos y túnicas batían el húmedo aire con largas
hojas de palma. Era una escena solemne. Impacientes por escucharle, la mujer de Nomasir y sus dos
jóvenes hijos, amigos y otros miembros de la familia se sentaron sobre las alfombras detrás de él.
“Padre, empezó con deferencia, me inclino ante vuestra sabiduría. Hace diez años, cuando yo me
encontraba en el umbral de la edad adulta, me ordenasteis que partiera y me convirtiera en hombre
entre los hombres, en lugar de seguir siendo el simple candidato a vuestra fortuna.
“Me disteis mucho oro. Me disteis mucha de vuestra sabiduría. Desgraciadamente, debo admitir,
muy a pesar mío, que administré muy mal el oro que me habíais confiado. Se escurrió entre mis
dedos, ciertamente a causa de mi inexperiencia, como una liebre salvaje que se salva a la primera
oportunidad que le ofrece el joven cazador que la ha capturado.
El padre sonrió con indulgencia.
“Continúa, hijo mío, tu historia me interesa hasta el mínimo detalle”.
“Decidí ir a Nínive porque era una ciudad próspera, con la esperanza de poder encontrar buenas
oportunidades allí. Me uní a una caravana e hice numerosos amigos. Dos hombres, conocidos por
poseer el caballo blanco más hermoso, tan rápido como el viento, formaban parte de la caravana.
“Durante el viaje, me confiaron que en Nínive había un hombre que poseía un caballo tan rápido que
jamás había sido superado en ninguna carrera. Su propietario estaba convencido de que ningún
caballo en vida podía correr más deprisa. Estaba dispuesto a apostar cualquier cantidad, por muy
elevada que fuera, a que su caballo podía superar a cualquier otro caballo en toda Babilonia.
Comparado con su caballo, dijeron mis amigos, no era más que un pobre asno, fácil de ganar.
“Me ofrecieron, como gran favor, la oportunidad de unirme a ellos en la apuesta. Yo estaba
entusiasmado por aquel proyecto tan emocionante.
“Nuestro caballo perdió y yo perdí gran parte de mi upo. El padre rió. Más tarde descubrí que era un
plan fraudulento organizado por aquellos hombres, y que viajaban constantemente en caravanas en
busca de nuevas víctimas. Como podéis suponer, el hombre de Nínive era su cómplice y compartía
con ellos las apuestas que ganaba. Esta trampa fue mi primera lección de desconfianza.
“Pronto recibiría otra, tan amarga como la primera. En la caravana, había un joven con el cual me
unía la amistad. Era hijo de padres ricos como yo y se dirigía a Nínive para conseguir una situación
aceptable. Poco tiempo después de nuestra llegada, me dijo que un rico mercader había muerto y
que su tienda, su valiosa mercancía y su clientela estaban a nuestro alcance por un precio muy
razonable. Diciéndome que podríamos ser socios a partes iguales, pero que primero tenía que volver
a Babilonia para depositar su dinero en un lugar seguro, me convenció para que comprara la
mercancía con mi oro.
“Retrasó su viaje a Babilonia, y resultó ser un comprador poco prudente y malgastador. Finalmente
me deshice de él, pero el negocio había empeorado hasta tal punto que ya no quedaba casi nada
aparte de mercancías invendibles y yo no tenía más oro para comprar otras. Malvendí lo que
quedaba a un israelita por una suma irrisoria.
“Los días que siguieron fueron amargos, padre. Busqué trabajo pero no encontré ninguno, pues no
tenía un oficio ni una profesión que me hubieran permitido ganar dinero. Vendí mis caballos. Vendí
a mi esclavo. Vendí mis ropas de recambio para comprar algo que llevarme a la boca y un lugar
donde dormir, pero el hambre se hacía sentir cada vez más.
“Durante aquellos días de miseria, recordé vuestra confianza en mí, padre. Me habíais enviado a la
aventura para que me convirtiera en un hombre, y estaba decidido a conseguirlo. La madre ocultó su
rostro y lloró tiernamente.
“En aquel momento me acordé de la tablilla que me habíais dado y en la que habíais grabado las
cinco leyes del oro. Entonces leí con mucha atención vuestras palabras de sabiduría y comprendí que
si primero hubiera buscado la sabiduría, no hubiera perdido todo mi oro. Memoricé todas las leyes y
decidí que cuando la diosa de la fortuna me volviera a sonreír, me dejaría guiar por la sabiduría de la
edad y no por una juventud inexperta.
“En beneficio de los que están aquí sentados, voy a leer las palabras de sabiduría que mi padre hizo
grabar en la tablilla de arcilla que me dio hace diez años.
LAS CINCO LEYES DE ORO
I. El oro acude fácilmente, en cantidades siempre más importantes, al hombre que reserva no menos
de una décima parte de sus ganancias para crear un bien en previsión de su futuro y del de su
familia.
II. El oro trabaja con diligencia y de forma rentable para el poseedor sabio que le encuentra un uso
provechoso, multiplicándose incluso como los rebaños en los campos.
III. El oro permanece bajo la protección del poseedor prudente que lo invierte según los consejos de
hombres sabios.
IV El oro escapa al hombre que invierte sin fin alguno en empresas que no le son familiares o que no
son aprobadas por aquellos que conocen la forma de utilizar el oro.
V. El oro huye del hombre que lo fuerza en ganancias imposibles, que sigue el seductor consejo de
defraudadores y estafadores o que seña de su propia inexperiencia y de sus románticas intenciones
de inversión.
“Estas son las cinco leyes del oro tal como mi padre las escribió. Afirmo que son mucho más valiosas
que el mismo oro, como demuestra la ría.
“Os he hablado de la enorme pobreza y de la desesperación a las que me había conducido mi
inexperiencia, de nuevo miró a su padre.
“Sin embargo, no hay mal que cien años dure. El fin de mis desventuras llegó cuando encontré un
empleo, el de capataz de un grupo de esclavos que trabajaban en la construcción de la nueva muralla
que tenía que rodear la ciudad.
“Como conocía la primera ley del oro, pude aprovechar esta oportunidad; reservé una pieza de cobre
de mis primeras ganancias, sumando otra siempre que me era posible hasta conseguir una moneda
de plata. Era un proceso lento, puesto que tenía que satisfacer mis necesidades. Admito que gastaba
con reparo porque estaba decidido a ganar tanto oro como me habíais dado, padre, y antes de que
hubieran transcurrido los diez años.
“Un día, el jefe de los esclavos, del cual me había hecho bastante amigo, me dijo:
“Sois un joven ahorrador que no gasta a diestro y siniestro todo lo que gana. ¿Tenéis oro reservado
que no produce?”
“Sí, le contesté. Mi mayor deseo consiste en acumular oro para reemplazar el que mi padre me había
dado y que perdí.”
“Es una ambición muy noble, ¿y sabíais que el oro que habéis ahorrado puede trabajar por vos y
haceros ganar todavía más oro?”
“¡Ay! Mi experiencia ha sido muy dura porque todo el oro de mi padre ha desaparecido y tengo
miedo de que suceda lo mismo con el mío.” r
“Si confiáis en mí, os daré un provechoso consejo respecto a la forma de utilizar el oro, replicó él.
Dentro de un año, la muralla que rodeará la ciudad estará terminada y dispuesta a acoger las
grandes puertas centrales de bronce destinadas a proteger la ciudad contra los enemigos del rey. En
todo Nínive no hay el metal suficiente para fabricar estas puertas y el rey no ha pensado en
conseguirlo. Este es mi plan: varios de nosotros vamos a reunir nuestro oro para enviar una caravana
a las lejanas minas de cobre y de estaño para traer a Nínive el metal necesario para fabricar las
puertas. Cuando el rey ordene que se hagan las puertas, nosotros seremos los únicos que podremos
proporcionar el metal y nos pagará un buen precio. Si el rey no nos compra, siempre podremos
revender el metal a un precio razonable.”
“En esta oferta reconocí una oportunidad y, fiel a la tercera ley, invertí mis ahorros siguiendo el
consejo de hombres sabios. Tampoco sufrí decepción alguna... Nuestros fondos comunes fueron un
éxito y mi cantidad de oro aumentó considerablemente gracias a esta transacción.
“Con el tiempo me aceptaron como miembro del mismo grupo de inversores para otras empresas.
Aquellos hombres eran sabios a la hora de administrar provechosamente el oro. Estudiaban
cuidadosamente todos los planes presentados antes de pasar a ejecutarlos. No se arriesgaban a
perder su capital o a estancarlo en inversiones no rentables que no hubieran permitido recuperar el
oro. Empresas insensatas como la carrera de caballos y la asociación de la que había formado parte
por culpa de mi experiencia ni siquiera habrían merecido su consideración. Ellos habrían detectado
los peligros de esas empresas inmediatamente. Gracias a mi asociación con aquellos hombres,
aprendí a invertir mi oro con seguridad para que me produjera beneficios. Con el paso de los años,
mi tesoro aumentaba cada vez más deprisa. No sólo he ganado lo que había perdido, sino que he
traído mucho más.
“A lo largo de mis desgracias, mis intentos y mis éxitos, he puesto a prueba la sabiduría de las cinco
leyes del oro repetidamente, padre, y éstas se han revelado justas en cada ocasión. Para aquel que no
conoce las cinco leyes del oro, el oro no acude a él y se gasta rápidamente. Pero para aquel que sigue
las cinco leyes, el oro acude a él y trabaja como un fiel esclavo.!
Nomasir dejó de hablar e hizo una señal a un esclavo que se encontraba al fondo de la sala. El
esclavo trajo, de uno en uno, tres pesados sacos de cuero. Nomasir tomó uno de los sacos y lo colocó
en el suelo frente a su padre dirigiéndose a él una vez más:
“Me habíais dado un saco de oro, de oro de Babilonia. Para reemplazarlo, os devuelvo un saco de oro
de Nínive del mismo peso. Todo el mundo estará de acuerdo en que es un intercambio justo.
“Me habíais dado una tablilla de arcilla con sabiduría grabada en ella. A cambio, os doy dos sacos de
oro.
Diciendo esto, tomó los otros dos sacos de manos del esclavo y, como el primero, los colocó delante
de su padre.
“Esto es para demostraron, padre, que considero mucho más valiosa vuestra sabiduría que vuestro
oro. Pero ¿quién puede medir en sacos de oro el valor de la sabiduría? Sin sabiduría, aquellos que
poseen oro lo pierden rápidamente, pero gracias a la sabiduría, aquellos que no tienen oro pueden
conseguirlo, tal como demuestran estos tres sacos.
Es una gran satisfacción para mí, padre, poder estar frente a vos y deciros que gracias a vuestra
sabiduría he podido llegar a ser rico y respetado por los hombres.
El padre colocó su mano sobre la cabeza de Nomasir con gran afecto.
“Has aprendido bien la lección y, verdaderamente, soy muy afortunado de tener un hijo al que
confiar mi riqueza.”
Terminado el relato, Kalabab permaneció callado, observando a sus oyentes con aire crítico.
-¿Qué pensáis de la historia de Nomasir? -continuó-. ¿Quién de entre vosotros puede acudir a su
padre o a su suegro y dar cuenta de la buena administración de sus ingresos?
¿Qué pensarían esos venerables hombres si les dijerais: He viajado y aprendido mucho, he trabajado
mucho y he ganado mucho pero, ¡ay!, tengo poco oro. He gastado parte de él con sabiduría, otra
parte alocadamente y también he perdido otra por imprudencia?
¿Todavía creéis que la suerte es la responsable de que algunos hombres posean mucho oro y de que
otros no tengan? En ese caso, os equivocáis.
Los hombres tienen mucho oro cuando conocen las Finco leyes del oro y las respetan.
Gracias al hecho de haber aprendido las cinco leyes en mi juventud y de haberlas seguido, me he
convertido en un mercader rico. No he hecho fortuna por una extraña magia.
La riqueza que se adquiere rápidamente también desaparece rápidamente.
La riqueza que permanece para proporcionar alegría y satisfacción a su poseedor aumenta de forma
gradual horque es una criatura nacida del conocimiento y de la determinación.
Adquirir bienes constituye una carga sin importancia para el hombre prudente. Transportar la carga
año tras año con inteligencia permite llegar al objetivo final.
A aquellos que respetan las cinco leyes del oro, se les ofrece una rica recompensa.
Cada una de las cinco leyes es rica en significado y, si no habéis comprendido su sentido durante mi
relato, voy a repetíroslas ahora. Me las sé de memoria porque, siendo joven, pude constatar su valor
y no me hubiera sentido satisfecho mientras no las hubiera memorizado.
La primera ley del oro
El oro acude fácilmente, en cantidades siempre más importantes, al hombre que reserva no menos
de una décima parte de sus ganancias para crear un bien en previsión de su futuro y del de su
familia.
El hombre que sólo reserva la décima parte de sus ganancias de forma regular y la invierte con
sabiduría seguramente creará una inversión valiosa que le procurará unos ingresos para el futuro y
una mayor seguridad para su familia si llegara el caso de que los dioses le volvieran a llamar hacia el
mundo de la oscuridad. Esta ley dice que el oro siempre acude libremente a un hombre así. Yo puedo
confirmarlo basándome en mi propia vida. Cuanto más oro acumulo, más oro acude a mí
rápidamente y en cantidades crecientes. El oro que ahorro proporciona más, igual que lo hará el
vuestro, y estas ganancias proporcionan otras ganancias; así funciona la primera ley.
La segunda ley del oro
El oro trabaja con diligencia y de forma rentable para el poseedor sabio que le encuentra un uso
provechoso, multiplicándose incluso como los rebaños en los campos.
Verdaderamente, el oro es un trabajador voluntarioso. Siempre está impaciente por multiplicarse
cuando se presenta la oportunidad. A todos los hombres que tienen un tesoro de oro reservado, se
les presenta una oportunidad, permitiéndoles aprovecharla. Con los años, el oro se multiplica de
manera sorprendente.
La tercera ley del oro
El oro permanece bajo la protección del poseedor prudente que lo invierte según los consejos de
hombres sabios.
El oro se aferra al poseedor prudente, aunque se trate de un poseedor despreocupado. El hombre
que busca la opinión de hombres sabios en la forma de negociar con oro aprende rápidamente a no
arriesgar su tesoro y a preservarlo y verlo aumentar con satisfacción.
La cuarta ley del oro
El oro escapa al hombre que invierte sin fin alguno en empresas que no le son familiares o que no
son aprobadas por aquellos que conocen la forma de utilizar el oro.
Para el hombre que tiene oro pero que no tiene experiencia en los negocios, muchas inversiones
parecen provechosas. A menudo, estas inversiones comportan un riesgo, y los hombres sabios que
las estudian demuestran rápidamente que son muy poco rentables. Así pues, el poseedor de oro
inexperto que se fía de su propio juicio y que invierte en una empresa con la que no está
familiarizado descubre a menudo que su juicio es incorrecto y paga su inexperiencia con parte de su
tesoro. Sabio es aquel que invierte sus tesoros según los consejos de hombres expertos en el arte de
administrar el oro.
La quinta ley del oro
El oro huyó del hombre que lo fuerza en ganancias imposibles, que sigue el seductor consejo de
defraudadores y estafadores o que se fía de su propia inexperiencia y de sus románticas intenciones
de inversión.
El nuevo poseedor de oro siempre se encontrará con proposiciones extravagantes que son tan
emocionantes como la aventura. Éstas dan la impresión de proporcionar unos poderes mágicos a su
tesoro que lo hacen capaz de conseguir ganancias imposibles. Pero, verdaderamente, desconfiad; los
hombres sabios conocen bien las trampas que se esconden detrás de cada plan que pretende
enriquecer de forma repentina.
Recordad a los hombres ricos de Nínive que no se arriesgaban a perder su capital ni a estancarlo en
inversiones no rentables.
Aquí termina mi historia de las cinco leyes del oro. Al contárosla, os he revelado los secretos de mi
propio éxito
Sin embargo, no se trata de secretos, sino de grandes verdades que todos los hombres deben
aprender primero y seguir después si desean escapar de la multitud que, como los perros salvajes, se
preocupa todos los días por su ración de pan.
Mañana entraremos en Babilonia. ¡Observad con atención! ¡Mirad la llama eterna que arde en lo alto
del Templo de Bel! Ya vemos la ciudad dorada. Mañana, cada uno de vosotros tendrá oro, el oro que
tanto os habéis ganado con vuestros fieles servicios.
Dentro de diez años contando desde esta noche, ¿qué podréis decir de este oro?
Entre vosotros hay hombres que, como Nomasir, utilizarán una parte de su oro para comenzar a
acumular bienes y, por consiguiente, guiados por la sabiduría de Arkad, dentro de diez años, no cabe
la menor duda, serán ricos y respetados por los hombres, como el hijo de Arkad.
Nuestros actos sabios nos acompañan a lo largo de toda la vida para servirnos y ayudarnos. Del
mismo modo, seguramente, nuestros actos imprudentes nos persiguen para atormentarnos.
Desgraciadamente, no se pueden olvidar. Los primeros de los tormentos que nos persiguen son los
recuerdos de cosas que tendríamos que haber hecho, oportunidades que se nos presentaron pero que
no aprovechamos.
Los tesoros de Babilonia son tan importantes que ningún hombre es capaz de calcular su valor en
piezas de oro. Todos los años adquieren mayor valor. Como los tesoros de todos los países,
constituyen una recompensa, la rica recompensa que espera a los hombres resueltos, decididos a
conseguir la parte que merecen.
La fuerza de vuestros propios deseos contiene un poder mágico. Guiad este poder gracias al
conocimiento de las cinco leyes del oro y tendréis vuestra parte de los tesoros de Babilonia.

4. La diosa de la fortuna

Si un hombre tiene suerte, es imposible predecir el tamaño de
su riqueza. Si lo lanzan al Éufrates, saldrá con una perla en la mano
Todos las personas desean tener suerte, y ese deseo existía tanto en el corazón de los individuos de
hace cuatro mil años como en los de nuestros días. Todos esperamos la gracia de la caprichosa diosa
de la fortuna. ¿Existe alguna manera de poder obtener no sólo su atención, sino también su
generosidad?
¿Hay algún modo de atraer la suerte?
Esto es precisamente lo que los habitantes de la antigua Babilonia querían saber y lo que decidieron
descubrir. Eran clarividentes y grandes pensadores. Esto explica que su ciudad se convirtiera en la
más rica y poderosa de su tiempo.
En aquella lejana época no existían las escuelas. Sin embargo, sí que había un centro de aprendizaje
muy práctico. Entre los edificios rodeados de torres de Babilonia; este centro tenía tanta importancia
como el palacio los jardines colgantes y los templos de los dioses. Ustedes constatarán que en los
libros de historia este lugar aparece muy poco, probablemente nada, a pesar de que ejerciera una
gran influencia en el pensamiento de aquel entonces.
Este edificio era el Templo del Conocimiento. En él, profesores voluntarios explicaban la sabiduría
del pasado y se discutían asuntos de interés popular en asamblea abierta. En su interior, todos los
hombres eran iguales. El esclavo más insignificante podía rebatir impunemente las opiniones del
príncipe del palacio real.
Uno de los hombres que frecuentaban el Templo del Conocimiento era Arkad, hombre sabio y
opulento del que se decía que era el más rico de Babilonia. Existía una sala especial en la que se
reunían, casi todas las tardes, un gran número de hombres, unos viejos y otros jóvenes, pero la
mayoría de edad madura, y discutían sobre temas interesantes. Podríamos escuchar lo que decían
para verificar si sabían cómo atraer la suerte...
El sol acababa de ponerse, semejante a una gran bola de fuego brillante a través de la bruma del
desierto polvoriento, cuando Arkad se dirigió hacia su estrado habitual. Unos cuarenta hombres
esperaban su llegada, tumbados en pequeñas alfombras colocadas sobre el suelo. Ojos llegaban en
ese momento.
-¿De qué vamos a hablar esta tarde? preguntó Arkad.
Tras una breve indecisión, un hombre altor, un tejedor, se levantó, como era costumbre, y le dirigió
la palabra.
-Me gustaría escuchar algunas opiniones sobre un asunto; sin embargo, no sé si formularlo porque
temo que os pueda parecer ridículo, y a vosotros también, mis queridos amigos
-apremiado por Arkad y los demás, continuó-. Hoy he tenido suerte, ya que he encontrado una bolsa
que contenía unas monedas de oro. Me gustaría mucho seguir teniendo suerte y como creo que todos
los hombres comparten conmigo este deseo, sugiero que hablemos ahora sobre cómo atraer la suerte
para que, de ese modo, podamos descubrir las formas que podemos ,emplear para seducirla.
Un tema realmente interesante --comentó Arkad-. Un tema muy válido. Para algunos, la suerte sólo
llega por casualidad, como un accidente, y puede caer sobre alguien por azar. Otros creen que la
creadora de la buena suerte es la benévola diosa Ishtar, siempre deseosa de recompensar a sus
elegidos por medio de generosos presentes. ¿Qué decís vosotros, amigos? ¿Debemos intentar
descubrir los medios de atraer la suerte y que seamos nosotros los afortunados?
-¡Sí, sí! Y todas las veces que sea necesario --dijeron los oyentes impacientes, que cada vez eran más
numerosos.
-Para empezar -prosiguió Arkad-, escuchemos a todos los que se encuentren aquí que hayan tenido
experiencias parecidas a la del tejedor, que hayan encontrado o recibido, sin esfuerzo por su parte,
valiosos tesoros o joyas.
Durante un momento de silencio, todos se miraron, esperando que alguien respondiera, pero nadie
lo hizo.
-¡Qué! ¿Nadie? -dijo Arkad-. Entonces debe de ser realmente raro tener esa suerte. ¿Quién quiere
hacer ruta sugerencia sobre cómo continuar con nuestra investigación?
-Yo contestó un hombre joven y bien vestido mientras se levantaba-. Cuando un hombre habla de
suelte, ¿no es normal que piense en las salas de juego? ¿No es precisamente en esos lugares donde
encontramos a hombres que pretenden los favores de la diosa y esperan que los bendiga para recibir
grandes sumas de dinero?
-No pares -gritó alguien al ver que el joven volvía a sentarse-. Sigue con tu historia. Dinos si la diosa
te ha ayudado en las salas de juego. ¿Ha hecho que en los dados aparezca el rojo para que llenes tu
bolsa, o ha permitido que salga la cara azul para que el crupier recoja tus monedas que tanto te ha
costado ganar?
No me importa admitir que ella no pareció darse cuenta de que yo estaba allí -contestó el joven
sumándose a las risas de los demás-. ¿Y vos? ¿La encontrasteis esperando para hacer que los dados
rodasen a vuestro favor? Estamos deseosos de escuchar y de aprender.
-Un buen principio -interrumpió Arkad-. Estamos aquí para examinar todos los aspectos de cada
cuestión. Ignorar las salas de juego sería como olvidar un instinto común en casi todos los hombres:
la tentación de arriesgar una pequeña cantidad de dinero esperando conseguir mucho.
-Eso me recuerda las carreras de caballos de ayer -gritó uno de los asistentes-. Si la diosa frecuenta
las salas de juego, seguramente no dejará de lado las carreras, con esos carros dorados y caballos
espumadores. Es un gran espectáculo. Decidnos sinceramente, Arkad, ¿ayer la diosa no os murmuró
que apostarais a los caballos grises de Nínive? Yo estaba justo detrás te vos, y no daba crédito a mis
oídos cuando os escuché apostar a los grises. Sabéis tan bien como nosotros que no existe ningún
tronco en toda Asiría capaz de llegar antes a la meta que nuestras queridas yeguas en una carrera
honesta.
¿Acaso la diosa os dijo al oído que apostarais a los grises porque en la última curva el caballo negro
del interior tropezaría y, de ese modo, molestaría a nuestras yeguas y provocaría que los grises
ganaran la carrera y consiguieran una victoria que no habían merecido?
Arkad sonrió con indulgencia.
-¿Por qué pensamos que la diosa de la fortuna se interesaría por la apuesta de cualquiera en una
carrera de caballos? Yo la veo como una diosa de amor y de dignidad a la que le gusta ayudar a los
necesitados y recompensar a los que lo merecen. No la busco en las salas de juego ni en las carreras
donde se pierde más oro del que se gana, sino en otros lugares donde las acciones de los hombres
son más valerosas y merecen recibir una recompensa.
Al cultivador, al honrado comerciante, a los hombres de cualquier ocupación se les presentan
ocasiones para sacar provecho tras el esfuerzo y las transacciones realizadas. Quizás el hombre no
siempre reciba una recompensa, porque su juicio no sea el más adecuado o porque el tiempo y el
viento a veces hacen fracasar los esfuerzos. Pero si es persistente, normalmente puede esperar
realizar un beneficio, pues tendrá mayores posibilidades de que el beneficio vaya hacia él.
Pero si un hombre arriesga en el juego --continuó Arkad-ocurre exactamente al revés, porque las
posibilidades de ganar siempre favorecen al propietario del lugar. El juego está hecho para que el
propietario que explota el negocio consiga beneficios. Es su comercio y prevé realizar grandes
beneficios de las monedas que tuestan los jugadores. Pocos jugadores son conscientes de que sus
posibilidades son inciertas, mientras que los beneficios del propietario están garantizados.
Examinemos, por ejemplo, las apuestas a los dados. Cuando se lanzan, siempre apostamos sobre la
caza que quedará a la vista. Si es la roja, el jefe de mesa nos paga cuatro veces lo que hemos
apostado, pero si aparece una de las otras cinco caras, perdemos nuestra apuesta. Por lo tanto, los
cálculos demuestran que por cada dado lanzado, tenemos cinco posibilidades de perder, pero, como
el rojo paga cuatro por uno, tenemos cuatro posibilidades de ganar. En una noche, el jefe de mesa
puede esperar guardar una moneda de cada cinco apostadas. ¿Se puede esperar ganar de otra forma
que no sea ocasional cuando las posibilidades están organizadas para que el jugador pierda la quinta
parte de lo que juega?
-Pero a veces hay hombres que ganan grandes sumas -dijo de forma espontánea uno de los
asistentes.
-Es cierto, eso ocurre -continuó Arkad-. Me doy cuenta de ello, y me pregunto si el dinero que se
gana de este modo aporta beneficios permanentes a los que la fortuna les sonríe de esta manera.
Conozco a muchos hombres de Babilonia que han triunfado en los negocios, pero soy incapaz de
nombrar a uno sólo que haya triunfado recurriendo a esa fuente.
Vosotros que esta tarde estáis reunidos aquí conocéis a muchos ciudadanos ricos. Sería interesante
saber cuántos han conseguido su fortuna en las salas de juego. ¿Qué os-parece si cada uno dice lo
que sabe?
Se hizo un largo silencio.
-¿Se incluye a los dueños de las casas de juego? -aventuró uno de los presentes.
-Si no podéis pensar en nadie más -respondió Arkad-, si no se os ocurre ningún nombre, ¿por qué no
habláis de vosotros mismos? ¿Hay alguno entre vosotros que gane regularmente en las apuestas y
dude en aconsejar esta fuente de beneficios?
Entre las risas, se oyó que en la parte de atrás unos refunfuñaban.
-Parece que nosotros no buscamos la suerte en estos lugares cuando la diosa los frecuenta -continuó-
. Entonces exploremos otros lugares. Tampoco hemos encontrada sacos de monedas perdidos ni
hemos visto la diosa en las salas de juego. En cuanto a las carreras, debo confesaros que he perdido
mucho más dinero del que he ganado.
Ahora, analicemos detalladamente nuestras profesiones y nuestros negocios. ¿Acaso no es normal
que cuando hacemos un buen negocio, no lo consideramos como algo fortuito, sino como la justa
recompensa a nuestros esfuerzos? A veces pienso que ignoramos los presentes de la diosa. Quizá nos
ayuda cuando no apreciamos su generosidad. ¿Quién puede hablar del tema?
Dicho esto, un comerciante entrado en años se levantó alisando sus blancas vestimentas.
-Con vuestro permiso, honorable Arkad y mis queridos amigos, quiero haceros una sugerencia. Si,
como habéis dicho, nosotros atribuimos nuestros éxitos profesionales a nuestra habilidad, a nuestra
propia aplicación, ¿por qué no considerar los éxitos que casi hemos tenido, pero que se nos han
escapado, como eventos que habrían sido muy provechosos? Habrían sido raros ejemplos de fortuna
si se hubieran realizado. No podemos considerarlos como recompensas justas, porque no se han
cumplido. Probablemente aquí hay hombres que pueden contar este tipo de experiencias.
-Esta es una reflexión sabia -comentó Arkad-. ¿Quién de entre vosotros ha tenido la fortuna al
alcance de la mano y la ha visto esfumarse de inmediato? Se alzaron varias manos; entre ellas, la del
comerciante. Arkad le hizo un ademán para que hablara.
-Ya que has sido tú el que has sugerido esta discusión, nos gustaría escucharte a ti en primer lugar.
-Con gusto os contaré un hecho que he vivido y que servirá de ilustración para demostrar hasta qué
punto la suerte puede acercarse a un hombre y cómo éste puede dejar que se le escape de las manos
a pesar suyo.
Hace varios años, cuando era joven, recién casado y empezaba a ganarme bien la vida, mi padre vino
a verme y me indicó que tenía que hacer una inversión urgentemente. El hijo de uno de sus buenos
amigos había descubierto una zona de tierra árida no lejos de las murallas de nuestra ciudad. Estaba
situada sobre el canal donde el agua no llegaba.
El hijo del amigo de mi padre ideó un plan para comprar esta tierra y construir en ella tres grandes
ruedas que, accionadas por unos bueyes, consiguieran traer agua y dar vida al suelo infértil. Una vez
realizado esto, planificó dividir la tierra y vender las partes a los ciudadanos para hacer jardines.
El hijo del amigo de mi padre no poseía suficiente oro para llevar a cabo tal empresa. Era un hombre
joven que ganaba un buen sueldo, como yo. Su padre, como el mío, era un hombre que dirigía una
gran familia y con pocos medios. Por eso, decidió que un grupo de hombres se -interesarán por su
empresa. El grupo debía estar formado por doce personas con buenas ganancias y que decidieran
invertir la décima parte de sus beneficios en el negocio hasta que la tierra estuviera lista para su
venta. Entonces, todos compartirían de forma equitativa los beneficios según la inversión que
hubieran realizado.
-Hijo mío -me dijo mi padre-, ahora eres un hombre joven. Deseo profundamente que empieces a
hacer adquisiciones que te permitan un cierto bienestar y el respeto de los demás. Deseo que puedas
sacar provecho de mis errores pasados.
-Eso me gustaría mucho, padre contesté.
-Entonces te aconsejo lo siguiente: haz lo que yo hubiera tenido que hacer a tu edad. Guarda la
décima parte de tus beneficios para hacer inversiones. Con la décima parte de tus beneficios y lo que
te proporcionarán, podrás, antes de tener mi edad, acumular una gran suma.
-Padre, usted habla con sabiduría. Deseo fervientemente poseer riquezas, pero gasto mis ganancias
en muchas cosas y no sé si hacer lo que me aconseja. Soy joven. Me queda mucho tiempo.
-Yo pensaba del mismo modo a tu edad, pero ahora han pasado varios años y todavía no he
empezado a acumular bienes.
-Vivimos en una época diferente, padre. No cometeré los mismos errores que usted.
-Se te presenta una oportunidad única, hijo mío. Es una oportunidad que puede hacerte rico. Te lo
suplico, no tardes. Ve a ver mañana al hijo de mi amigo y cierra con él el trato de invertir en ese
negocio el diez por ciento de lo que ganas. Ve sin dilación antes de que pierdas esta oportunidad que
hoy tienes a tu alcance y pronto desaparecerá. No esperes.
A pesar de la opinión de mi padre, dudé. Los mercaderes del Este acababan de traer ropa de tal
riqueza y belleza que mi mujer y yo ya habíamos decidido que compraríamos al menos una pieza
para cada uno. Si hubiera aceptado invertir la décima parte de mis ganancias en esa empresa,
hubiéramos tenido que privarnos de esas vestimentas y de otros placeres que deseábamos. No quise
pronunciarme hasta que fuera demasiado tarde; fue una mala idea. La empresa resultó más
fructífera de lo que se hubiera podido predecir. Esta es mi historia y muestra cómo permití que la
fortuna se me escapara.
-En esta historia vemos que la suerte espera y llega al hombre que aprovecha la oportunidad --
comentó un hombre del desierto de tez morena-. Siempre tiene que haber un primer momento en el
que se adquieren bienes. Puede ser unas monedas de oro o de plata que un hombre consigue de sus
ganancias por su primera inversión. Yo mismo poseo varios rebaños. Empecé a adquirir animales
cuando era un niño, cambiando un joven ternero por una moneda de plata. Este gesto, que
simbolizaba el principio de mi riqueza, adquirió gran importancia para mí. Toda la suerte que un
hombre necesita debe confluir en la primera adquisición de bienes. Para todos los hombres, este
primer paso es el más importante, porque hace que los individuos que ganan su dinero a partir de su
propia labor pasen a ser hombres que consiguen dividendos de su oro. Por suerte, algunos hombres
aprovechan la ocasión cuando son jóvenes y, de ese modo, tienen más éxito financiero que los que
aprovechan la oportunidad más tarde o que los hombres desafortunados, como el padre de este
comerciante, que no la consiguen nunca.
Si nuestro amigo comerciante hubiera dado este primer paso de joven, cuando se le presentó la
ocasión, ahora poseería grandes riquezas. Si la suerte de nuestro amigo tejedor le hubiera
determinado a dar ese paso por aquel entonces, probablemente ese hubiera sido el primer paso de
una suerte mayor. --
-A mí también me gustaría hablar -dijo un extranjero levantándose-. Soy sirio. No hablo muy bien
vuestro idioma. Me gustaría calificar de algún modo a este amigo, el comerciante. Quizá penséis que
no soy educado, ya que deseo llamarlo de ese modo. Pero, desgraciadamente, no conozco cómo se
dice en vuestro idioma y si lo digo en sirio, no me entenderéis. Entonces, decidme, por favor, ¿cómo
calificáis a un hombre que tarda en cumplir las cosas que le convienen?
-Contemporizador -gritó uno de los asistentes.
-Eso es -afirmó el sirio, mientras agitaba las manos visiblemente excitado-. No acepta la ocasión
cuando se presenta. Espera. Dice que está muy ocupado. Hasta la próxima, ya te volveré a ver... La
ocasión no espera a la gente tan lenta, ya que piensa que si un hombre desea tener suerte,
reaccionará con rapidez. Los hombres fue no reaccionan con celeridad cuando se presenta la ocasión
son grandes contemporizadores, como nuestro migo comerciante.
El comerciante se levantó y saludó con naturalidad como contestación a las risas.
-Te admiro, extranjero. Entras en nuestro centro y no dudas en decir la verdad.
Y ahora escuchemos otra historia. ¿Quién tiene otra experiencia que contar? -preguntó Arkad.
-Yo tengo una contestó un hombre de mediana edad, vestido con una túnica roja-. Soy comprador de
animales, sobre todo de camellos y caballos. Algunas veces, compro también ovejas y cabras. La
historia que voy a contaros muestra cómo la fortuna vino en el momento que menos la esperaba.
Quizá sea por eso que la dejé escapar. Podréis sacar vuestras propias conclusiones cuando os lo
cuente.
Al volver a la ciudad una tarde, tras un viaje agotador de diez días en busca de camellos, me molestó
mucho encontrar las puertas de la ciudad cerradas al cal y canto. Mientras mis esclavos montaban
nuestra tienda para pasar la noche que preveíamos escasa en comida y agua, un viejo granjero que,
como nosotros, se encontraba retenido en el exterior se acercó.
Honorable señor, dijo al dirigirse a mí, parecéis un comprador de ganado. Si es así, me gustaría
venderos el excelente rebaño de ovejas que traemos. Por desgracia, mi mujer está muy enferma,
tiene fiebre y tengo que volver rápidamente a mi hogar. Si me compráis las ovejas, mis esclavos y yo
podremos hacer el viaje de vuelta sobre los camellos sin perder más tiempo.
Estaba tan oscuro que no podía ver su rebaño, pero por los balidos supe que era grande. Estaba
contento de hacer un negocio con él, ya que había perdido diez días buscando camellos que no había
podido encontrar. Me pidió un precio muy razonable porque estaba ansioso. Acepté, pues sabía que
mis esclavos podrían franquear las puertas de la ciudad con el rebaño por la mañana, venderlo, y
conseguir buenos beneficios.
Una vez cerrado el trato, llamé a mis esclavos y les ordené que trajeran antorchas para poder ver el
rebaño que, según el granjero estaba compuesto de novecientas ovejas. No quiero aburriros
describiendo las dificultades que tuvimos para intentar contar a unas ovejas tan sedientas, cansadas
y agitadas. La tarea parecía imposible. Entonces, informé al granjero que las contaría a la luz del día
y le pagaría en ese momento.
“Por favor, honorable señor, rogó el granjero. Pagadme sólo las dos terceras partes del precio esta
noche, para que pueda ponerme en marcha. Dejaré-a, mi esclavo más inteligente e instruido para
que os ayude a contar las ovejas por la mañana. Es de fiar, os podrá pagar el saldo.”
Pero yo era testarudo y rechacé efectuar el pago esa noche. A la mañana siguiente, antes de que me
despertara, las puertas de la ciudad se abrieron y cuatro compradores de rebaños se lanzaron a la
búsqueda de ovejas. Estaban impacientes y aceptaron de buen grado pagar el elevado precio porque
la ciudad estaba sitiada y escaseaba la comida. El viejo granjero recibió casi el triple del precio que a
mí me había ofrecido por su ganado. Era una rara oportunidad que dejé escapar.
-Esta es una historia extraordinaria --comentó Arkad-. ¿Qué os sugiere?
-Que hay que pagar inmediatamente cuando estamos convencidos de que nuestro negocio es bueno -
sugirió un venerable fabricante de sillas de montar-. Si el negocio es bueno, tenéis que protegeros
tanto de vuestra propia debilidad como de cualquier hombre. Nosotros, mortales, somos cambiantes.
Y, por desgracia, solemos cambiar de idea con mayor facilidad cuando tenemos razón que cuando
nos equivocamos, que es sin duda cuando más testarudos nos mostramos. Cuando tenemos razón,
tendemos a vacilar y a dejar que la ocasión se escape. Mi primera idea siempre es la mejor. Sin
embargo, siempre me cuesta forzarme a hacer deprisa y corriendo un negocio una vez que lo he
decidido. Entonces, para protegerme de mi propia debilidad, doy un depósito al instante. Esto me
impide que más tarde me arrepienta de haber dejado escapar buenas ocasiones.
-Gracias. Me gustaría volver a hablar -el sirio estaba otra vez de pie-. Estas historias se parecen.
Todas las veces la suerte se va por la misma razón. Todas las veces, trae al contemporizador un plan
bueno. En todas las ocasiones, dudan y no dicen: Es una buena ocasión, hay que reaccionar con
rapidez. ¿Cómo pueden tener éxito de este modo?
-Tus palabras son sabias, amigo -respondió el comprador-. La suerte se ha alejado del
contemporizador en las dos ocasiones. Pero eso no es nada extraordinario. Todos los hombres tienen
la manía de dejar las cosas para más tarde. Deseamos riquezas, pero ¿cuántas veces, cuando se
presenta la ocasión, esa manía de contemporizar nos incita a retrasar nuestra decisión?
Al ceder a esa manía, nos convertimos en nuestro peor enemigo.
Cuando era más joven, no conocía esa palabra que tanto le gusta a nuestro amigo de Siria. Al
principio, pensaba que se perdían negocios ventajosos por falta de juicio. Más tarde, creí que era una
cuestión de cabezonería. Finalmente, he reconocido de qué se trata: una costumbre de retrasar
inútilmente la rápida decisión, una acción necesaria y decisiva. Realmente detesté esta costumbre
cuando descubrí su verdadero carácter. Con la amargura de un asno salvaje atado a un carro, he
cortado las ataduras de esta costumbre y he trabajado para tener éxito.
-Gracias. Me gustaría hacer una pregunta al comerciante erijo el sirio-. Su vestimenta no es la de un
pobre. Habla como un hombre que tiene éxito. Decidnos, ¿sucumbís ante la manía de
contemporizar?
-Al igual que nuestro amigo comprador, yo también he reconocido y conquistado la costumbre de
contemporizar -respondió el comerciante-. Para mí, ha resultado un enemigo temible, al acecho y
que esperaba el momento propicio para contrariar mis realizaciones. La historia que he narrado es
tan sólo uno de los abundantes ejemplos que podría contar para mostraros-cómo he desaprovechado
buenas ocasiones. El enemigo se puede controlar fácilmente una vez se le reconoce. Ningún hombre
permite de forma voluntaria que un ladrón le robe sus reservas de grano. Como tampoco ningún
hombre permite de buen grado que un enemigo le robe la clientela para su propio beneficio. Cuando
un día comprendí que la contemporización era mi peor enemigo, la vencí con determinación. De este
modo, todos los hombres deben dominar su tendencia a contemporizar antes de poder pensar en
compartir los ricos tesoros de Babilonia.
¿Qué opina usted, Arkad? Usted es el hombre más rico de Babilonia y muchos sostienen que también
es el mis afortunado. ¿Está de acuerdo conmigo en que ningún hombre puede conseguir un éxito
completo mientras no haya liquidado por completo su manía de contemporizar?
Eso es cierto -admitió Arkad-. Durante mi larga vida, he conocido a hombres que han recorrido las
largas avenidas de la ciencia y de los conocimientos que llevan el éxito en la vida. A todos se les han
presentado buenas ocasiones. Algunos las aprovecharon de inmediato y pudieron, de este modo,
satisfacer sus más profundos deseas; pero muchos dudaron y se echaron atrás.
Arkad se giró hacia el tejedor.
-Ya que has sido tú el que nos has sugerido un debate sobre la suerte, dinos lo que opinas a ese
respecto.
Veo la suerte bajo un nuevo prisma. Creía que era algo deseable que pudiera llegar a cualquier
hombre sin que éste realizara esfuerzo alguno. Ahora, soy consciente de que no se trata de un
acontecimiento que uno puede provocar. He aprendido, gracias a nuestra discusión, que para atraer
la suerte, es preciso aprovechar de inmediato las ocasiones que se presentan. Por eso, en el futuro,
me esforzaré en sacar el máximo partido posible de las ocasiones que se me presenten.
-Has entendido muy bien las verdades a las que hemos llegado con nuestra discusión -respondió
Arkad-. La suerte toma a menudo la forma de una oportunidad, pero pocas veces nos viene de otro
modo. Nuestro amigo comerciante habría tenido mucha suerte si hubiera aceptado la ocasión que la
diosa le brindaba. Nuestro amigo comprador, también habría podido aprovechar su suerte si hubiera
completado la compra del rebaño y lo habría vendido consiguiendo un gran beneficio.
Hemos seguido con esta discusión para descubrir los medios necesarios para que la suerte nos
sonría. Creo que vamos bien encaminados. En las dos historias hemos visto cómo la suerte toma la
forma de una oportunidad. De todo esto se desprende la verdad, verdad que por muchas historias
parecidas que contáramos no cambiaría: la suerte puede sonreíros si aprovecháis las ocasiones que
se presentan.
Los que están impacientes por aprovechar las ocasiones que se les presentan para sacarles el
máximo provecho posible atraen la atención de la buena diosa. Siempre se apresura en ayudar a los
que son de su agrado. Le gustan sobre todo los hombres de acción.
La acción te conducirá hacia el éxito que deseas
A los hombres de acción les sonríe la diosa de la fortuna

3. Las siete maneras de llenar una bolsa vacía

La gloria de Babilonia persiste; a través de los siglos, ha conservado la reputación de haber sido una
de las ciudades más ricas y con más fabulosos tesoros.
No siempre fue así. Las riquezas de Babilonia son el resultado de la sabiduría de sus habitantes, que
primero tuvieron que aprender la manera de hacerse ricos.
Cuando el buen rey Sargón regresó a Babilonia después de vencer a los elamitas, sus enemigos, se
encontró ante una situación grave; el canciller real le explicó las razones de ello.
-Tras varios años de gran prosperidad que nuestro pueblo debe a Su Majestad, que ha construido
grandes canales de riego y grandes templos para los dioses, ahora que las obras se han acabado, el
pueblo parece no poder cubrir sus necesidades.
-Los obreros no tienen trabajo, los comerciantes tienes escasos clientes, los agricultores no pueden
vender sus productos, el pueblo no tiene oro suficiente para comprar comida.
-¿Pero a dónde ha ido todo el dinero que hemos gastado en esas mejoras? preguntó el rey.
-Me temo mucho que ha ido a parar a manos de algunos pocos hombres muy ricos de nuestra ciudad
-respondió el canciller-. Ha pasado por entre los dedos de la mayoría de nuestras gentes tan rápido
como la leche de cabra pasa por el colador. Ahora que la fuente de oro ha dejado de surtir, los más de
nuestros ciudadanos vuelven a no poseer nada.
-¿Por qué tan pocos hombres pudieron conseguir todo el oro? preguntó el rey después de estar
pensativo durante unos instantes.
-Porque saben cómo hacerlo -respondió el canciller-. No se puede condenar a un hombre porque
logra el éxito; tampoco se puede, en buena justicia, cogerle el dinero que ha ganado honradamente
para dárselo a los que no han sido capaces de hacer otro tanto.
-¿Pero por qué no pueden todos los hombres aprender a hacer fortuna y así hacerse ricos?
-Vuestra pregunta contiene su propia respuesta, Vuestra Majestad, ¿quién posee la mayor fortuna de
la ciudad Babilonia?
-Es cierto, mi buen canciller, es Arkad. Es el hombre más rico de Babilonia, tráemelo mañana.
El día siguiente, como había ordenado el rey, se presentó ante él Arkad, bien derecho y con la mente
despierta a pesar de su edad avanzada.
-¿Poseías algo cuando empezaste?
-Sólo un gran deseo de riqueza. Aparte de eso, nada.
-Arkad -continuó el rey-, nuestra ciudad se encuentra en una situación muy delicada porque son
pocos los hombres que conocen la manera de adquirir riquezas. Esos babilonios monopolizan el
dinero mientras la masa de ciudadanos no sabe cómo actuar para conservar una parte del oro que
recibe en pago.
Deseo que Babilonia sea la ciudad más rica del mundo, y eso significa que debe haber muchos
hombres ricos. Tenemos que enseñar a toda la población cómo puede conseguir riquezas. Dime,
Arkad, ¿existe un secreto para hacerlo? ¿Puede ser transmitido?
-Es una cuestión práctica, Vuestra Majestad. Todo lo que sabe un hombre puede ser enseñado.
-Arkad -los ojos del rey brillaban-, has dicho justamente las palabras que deseaba oír. ¿Te ofrecerías
para esa gran causa? ¿Enseñarías tu ciencia a un grupo de maestros? Cada uno de ellos podría
enseñar a otros hasta que hubiera un número suficiente de educadores para instruir a todos los
súbditos capacitados de mi reino.
-Soy vuestro humilde servidor -dijo Arkad con una reverencia-. Compartiré gustoso toda la ciencia
que pueda poseer por el bienestar de mis conciudadanos y la gloria de mi rey. Haced que vuestro
buen canciller me organice una clase de cien hombres y yo les enseñaré las siete maneras que han
permitido que mi fortuna floreciera cuando no había en Babilonia bolsa más vacía que la mía.
Dos semanas más tarde, las cien personas elegidas estaban en la gran sala del templo del
Conocimiento del rey, estaban sentados en coloreadas alfombras y formaban un semicírculo. Arkad
se sentó junto a un pequeño taburete en el que humeaba una lámpara sagrada que desprendía un
olor extraño y agradable.
-Mira al hombre más rico de Babilonia, no es diferente de nosotros -susurró un estudiante al oído de
su vecino cuando se levantó Arkad.
-Como leal súbdito de nuestro rey -empezó Arkad-, me encuentro ante vosotros para servirle. Me ha
pedido que os transmita mi saber, ya que yo fui, en un tiempo, un joven pobre que deseaba
ardientemente poseer riquezas y encontré el modo de conseguirlas.
Empecé de la manera más humilde, no tenía más dinero que vosotros para gozar plenamente de la
vida, ni más que la mayoría de los ciudadanos de Babilonia.
El primer lugar donde guardé mis tesoros era una ajada bolsa. Detestaba verla así, vacía e inútil.
Deseaba que estuviera abultada y llena, que el oro sonara en ella. Por eso me esforcé por encontrar
las maneras de llenar una bolsa y encontré siete.
Os explicaré, a vosotros que os habéis reunido ante mí, estas siete maneras que recomiendo a todos
los hombres que quieran conseguir dinero a espuertas. Cada día os explicaré una de las siete, y así
haremos durante siete días.
Escuchad atentamente la ciencia que os voy a comunicar; debatid las cuestiones conmigo, discutidlas
entre vosotros. Aprended estas lecciones a fondo para que sean la semilla de una riqueza que hará
florecer vuestra fortuna. Cada uno debe comenzar a construir sabiamente su fortuna; cuando ya
seáis competentes, y sólo entonces, enseñaréis estas verdades a otros.
Os mostraré maneras sencillas de llenar vuestra bolsa. Este es el primer paso que os llevará al templo
de la riqueza, ningún hombre puede llegar a él si antes no pone firmemente sus pies en el primer
escalón. Hoy nos dedicaremos a reflexionar sobre la primera manera.
La primera manera:
Empezad a llenar vuestra bolsa
Arkad se dirigió a un hombre que lo escuchaba atentamente desde la segunda fila.
-Mi buen amigo, ¿a qué te dedicas?
-Soy escriba -respondió el hombre-, grabo documentos en tablillas de barro.
-Yo gané las primeras monedas haciendo el mismo trabajo. De modo que tienes las mismas
oportunidades de amasar una fortuna que yo tuve. Después habló a un hombre de rostro moreno
que se encontraba más atrás. -Dime por favor con qué trabajo te ganas el pan.
-Soy carnicero -respondió el hombre-. Compro cabras a los granjeros y las sacrifico, vendo la carne a
las mujeres y la piel a los fabricantes de sandalias.
-Dado que tienes un trabajo y un salario, tienes las mismas armas que tuve yo para triunfar. Arkad
preguntó a todos cómo se ganaban la vida, procediendo de la misma manera.
-Ya veis, queridos estudiantes -dijo cuando hubo terminado de hacer preguntas-, que hay varios
trabajos y oficios que permiten al hombre ganar dinero. Cada uno de ellos es un filón de oro del que
el trabajador puede obtener una parte para su propia bolsa gracias a su esfuerzo. Podemos decir que
la fortuna es un río de monedas de plata, grandes o pequeñas según vuestra habilidad. ¿No es así?
Todos estuvieron de acuerdo.
-Entonces -continuó Arkad-, si uno de vosotros desea acumular un tesoro propio, ¿no sería sensato
empezar usando esta fuente de riqueza que ya conocemos? También todos estuvieron de acuerdo. En
ese momento Arkad se volvió hacia un hombre humilde que había declarado ser vendedor de
huevos. ¿Qué pasará si tomas una de vuestras cestas y todas las mañanas colocas en ella diez huevos
y por la noche retiras nueve?
-Que al final rebosarán.
-¿Por qué?
-Porque cada día pongo uno más de los que quito.
Arkad se volvió hacia toda la clase sonriendo.
-¿Hay alguien aquí que tenga la bolsa vacía? preguntó.
Los hombres se miraron divertidos, rieron y finalmente sacudieron sus bolsas bromeando.
-Bien -continuó Arkad-. Ahora conoceréis el primer método para llenar los bolsillos. Haced
justamente lo que he sugerido al vendedor de huevos. De cada diez monedas que ganéis y guardéis
en vuestra bolsa, retirad sólo nueve para gastar. Vuestra bolsa empezará a abultarse rápidamente,
aumentará el peso de las monedas y sentiréis una agradable sensación cuando la sopeséis. Esto os
producirá una satisfacción personal.
No os burléis de lo que os digo porque os parezca simple. La verdad siempre es simple. Ya os he
dicho que os contaría cómo amasé mi fortuna.
Así fueron mis comienzos, yo también he tenido la bolsa vacía y la he maldecido porque no contenía
nada con lo que pudiera satisfacer mis deseos. Pero cuando empecé a sacar sólo nueve de cada diez
monedas que metía, empezó a abultarse. Lo mismo le ocurrirá a la vuestra.
Os diré una extraña verdad cuyo principio desconozco. Cuando empecé a gastar sólo las nueve
décimas partes de lo que ganaba: me arreglé igual de bien que cuando lo gastaba todo. No tenía
menos dinero que antes. Además, con el tiempo, obtenía dinero con más facilidad. Es seguramente
una ley de los dioses, que hace que, para los que no gastan todo lo que ganan y guardan un parte es
más fácil conseguir dinero, del mismo modo que el oro no va a parar a manos de quien tiene los
bolsillos vacíos.
¿Qué deseáis con más fuerza? ¿Satisfacer los deseos de cada día, joyas, muebles, mejores ropas, más
comida: cosas que desaparecen y olvidamos fácilmente? ¿O bienes sustanciales como el oro, las
tierras, los rebaños, las mercancías, los beneficios de las inversiones? Las monedas que tomáis de
vuestra bolsas os darán las primeras cosas; las que no retiráis, los segundos bienes que os he
enumerado.
Este es, queridos estudiantes, el primer medio que he descubierto para llenar una bolsa vacía: de
cada diez monedas que ganéis, gastad sólo nueve. Discutidlo entre vosotros. Si alguno puede probar
que no es cierto, que lo diga mañana cuando nos volvamos a encontrar.
La segunda manera:
Controlad vuestros gastos
Algunos de vosotros me habéis preguntado lo siguiente: “¿Cómo puede un hombre guardar la
décima parte de lo que gana cuando ni las diez décimas partes son suficientes para cubrir sus
necesidades más apremiantes?” -se dirigió Arkad a los estudiantes el segundo día.-
-¿Cuántos de vosotros teníais ayer una fortuna más bien escasa?
-Todos -respondió la clase.
-Y sin embargo no ganáis todos lo mismo. Algunos ganan mucho más que otros. Algunos tienen
familias más numerosas que alimentar. Y en cambio, todas las bolsas estaban igual de vacías. Os diré
una verdad que concierne a los hombres y a sus hijos: los gastos que llamamos obligatorios siempre
crecen en proporción a nuestros ingresos si no hacemos algo para evitarlo.
No confundáis vuestros gastos obligatorios con vuestros deseos. Todos vosotros y vuestras familias
tenéis más deseos de los que podéis satisfacer. Usáis vuestro dinero para satisfacer, dentro de unos
límites, estos deseos, pero todavía os quedan muchos sin cumplir.
Todos los hombres se debaten contra más deseos de los que puede realizar. ¿Acaso creéis que,
gracias a mi riqueza, yo los puedo satisfacer todos? Es una idea falsa. Mi tiempo es limitado, mis
fuerzas son limitadas, las distancias que puedo recorrer son limitadas, lo que puedo comer, los
placeres que puedo sentir son limitados.
Os digo esto para que comprendáis que los deseos germinan libremente en el espíritu del hombre
cada vez que hay una posibilidad de satisfacerlos de la misma manera que las malas hierbas crecen
en el campo cuando el labrador les deja un espacio. Los deseos son muchos pero los que pueden ser
satisfechos, pocos.
Estudiad atentamente vuestros hábitos de vida. Descubriréis que la mayoría de las necesidades que
consideráis como básicas pueden ser reducidas o eliminadas. Que sea vuestra divisa el apreciar al
cien por cien el valor de cada moneda que gastéis.
Escribid en una tablilla todas las cosas que causen gastos. Elegid los gastos que son obligatorios y los
que están dentro de los límites de los nueve décimos de vuestros ingresos. Olvidad el resto y
consideradlo sin pesar como parte de la multitud de deseos que deben quedar sin satisfacción.
Estableced una lista de gastos obligatorios. No toquéis la décima parte destinada a engrosar vuestra
bolsa, haced que sea vuestro gran deseo y que se vaya cumpliendo poco a poco. Continuad
trabajando según el presupuesto, continuad ajustándolo según vuestras necesidades. Que el
presupuesto sea vuestro primer instrumento en el control de los gastos de vuestra creciente fortuna.
Entonces, uno de los estudiantes vestido con una túnica roja y dorada se levantó.
-Soy un hombre libre -dijo-. Creo que tengo derecho a gozar de las cosas buenas de la vida. Me rebelo
contra la esclavitud de presupuesto que fija la cantidad exacta de lo que puedo gastar, y en qué. Me
parece que eso me impedirá gozar de muchos de los placeres de la vida y me hará tan pequeño como
un asno que lleva un pesado fardo.
-¿Quién, amigo mío, decidirá tu presupuesto? -Replicó Arkad.
-Yo mismo lo haré protestó el joven.
-En el caso de que un asno decidiera su carga, ¿tú crees que incluiría joyas, alfombras y pesados
lingotes de oro? No lo creo, pondría heno, granó. y una piel llena de agua para el camino por el
desierto.
El objetivo del presupuesto es ayudar a aumentar vuestra fortuna; os ayudará a procuraros los
bienes necesarios y, en cierta medida, a satisfacer parte de los otros, os hará capaces de cumplir
vuestros mayores deseos defendiéndolos de los caprichos fútiles. Como la luz brillante en una cueva
oscura, el presupuesto os muestra los agujeros de vuestra bolsa y os permite taparlos y controlar los
gastos en función de metas definidas y más satisfactorias.
Esta es la segunda manera de conseguir dinero. Presupuestad los gastos de modo que siempre
tengáis dinero para pagar los que son inevitables, vuestras distracciones y para satisfacer los deseos
aceptables sin gastar más de nueve décimos de vuestros ingresos.
La tercera manera:
Haced que vuestro oro fructifique.
-Supongamos que habéis acumulado una gran fortuna. Que os habéis disciplinado para reservar una
décima parte de vuestras ganancias y que habéis controlado vuestros gastos para proteger vuestro
tesoro creciente.
Ahora veremos el modo de hacer que vuestro tesoro aumente. El oro guardado dentro de una bolsa
contenta al que lo posee y satisface el alma del avaro pero no produce nada. La parte de nuestras
ganancias que conservéis no es más que el principio y lo que nos produzca después: es lo que
amasará nuestras fortunas.
Así habló Arkad a su clase el tercer día.
¿Cómo podemos hacer que nuestro oro trabaje?, La primera vez que invertí dinero, tuve mala suerte
porque lo perdí todo. Luego os lo contaré. La primera inversión provechosa que realicé fue un
préstamo que hice a un hombre llamado Agar, un fabricante de escudos. Una vez al año compraba
pesados cargamentos de bronce importados de mares lejanos y que luego utilizaba para fabricar
armas. Como carecía de capital suficiente para pagar a los mercaderes, lo pedía a los que les sobraba
dinero. Era un hombre honrado. Devolvía los préstamos con intereses cuando vendía los escudos.
Cada vez que le prestaba dinero, también le prestaba el interés que me había pagado. Entonces, no
sólo aumentaba el capital sino que también los intereses. Me satisfacía mucho ver cómo estas
cantidades volvían a mi bolsa.
Queridos estudiantes, os digo que la riqueza de un hombre no está en las monedas que transporta en
la bolsa sino en la fortuna que amasa, el arroyo que fluye continuamente y la va alimentando. Es lo
que todo hombre desea. Lo que cualquiera de vosotros desea: una fuente de ingresos que siga
produciendo, estéis trabajando o de viaje.
He adquirido una gran fortuna, tan grande que se dice que soy muy rico. Los préstamos que le hice a
Agar fueron mi primera experiencia en el arte de invertir de forma beneficiosa. Después de esta
buena experiencia, aumenté mis préstamos e inversiones a medida que aumentaba mi capital. Cada
vez había más fuentes que alimentaban el manantial de oro que fluía hacia mi bolsa y que podía
utilizar sabiamente como quisiera.
Y he aquí que mis humildes ganancias habían engendrado un montón de esclavos que trabajaban y
ganaban más oro. Trabajaban para mí igual que sus hijos y los hijos de sus hijos, hasta que, gracias a
sus enormes esfuerzos reuní una fortuna considerable.
El oro se amasa rápidamente cuando produce unos ingresos importantes como observaréis en la
siguiente historia: un granjero llevó diez monedas de oro a un prestamista cuando nació su primer
hijo y le pidió que las prestara hasta que el hijo tuviera veinte años. El prestamista hizo lo que se le
pedía y permitió un interés igual a un cuarto de la cantidad cada cuatro años. El granjero le pidió que
añadiera el interés al capital porque había reservado el dinero enteramente para su hijo.
Cuando el chico cumplió veinte años, el granjero acudió a casa del prestamista para preguntar sobre
el dinero. El prestamista le explicó que las diez monedas de oro ahora tenían un valor de treinta y
una monedas porque gracias al interés que se ganaba sobre los intereses anteriores, la cantidad de
partida se había acrecentado.
El granjero estaba muy contento y como su hijo no necesitaba el dinero, lo dejó al prestamista.
Cuando el hijo tuvo cincuenta años y el padre ya había muerto, el prestamista devolvió al hijo ciento
sesenta y siete monedas.
Es decir que, en cincuenta años, el dinero se había multiplicado aproximadamente por diecisiete.
Esta es la tercera manera de llenar la bolsa: hacer producir cada moneda para que se parezca a la
imagen de los rebaños en el campo y para que ayude a hacer de estos ingresos el manantial de la
riqueza que alimenta constantemente vuestra fortuna.
La cuarta manera:
Proteged vuestros tesoros de cualquier pérdida
La mala suerte es un círculo brillante. El oro que contiene una bolsa debe guardarse
herméticamente. Si no, desaparece. Es bueno guardar en lugar seguro las sumas pequeñas y
aprender a protegerlas antes que los dioses nos confíen las más grandes.
Así habló Arkad a su clase el cuarto día.
Quien posea oro se verá tentado en muchas ocasiones de invertir en cualquier proyecto atractivo. A
veces los amigos o familiares impacientes estarán ansiosos de ganar mucho dinero y participar de las
inversiones y nos urgen a hacerlo.
El primer principio de la inversión consiste en asegurar vuestro capital. ¿Acaso es razonable cegarse
por las grandes ganancias si se corre el riesgo de perder el capital?, Yo diría que no.
El castigo por correr este riesgo es una posible pérdida. Estudiad minuciosamente la situación antes
de separación de vuestro tesoro; cercioraos de que podréis reclamarlo con toda seguridad. No os
dejéis arrastrar por los deseos románticos de hacer fortuna rápidamente.
Antes de prestar vuestro oro a cualquiera, aseguraos de que el deudor os podrá devolver el dinero y
de que goza de buena reputación. No le hagáis, sin saberlo, un regalo: el tesoro que tanto os ha
costado reunir.
Antes de invertir vuestro dinero en cualquier terreno, sed conscientes de los peligros que pueden
presentarse.
Mi primera inversión, en aquel momento, fue una tragedia para mí. Confié mis ahorros de un año a
un fabricante de ladrillos que se llamaba Azmur, que viajaba por los mares lejanos y por Tiro, y que
aceptó comprarme unas extrañas joyas fenicias. Solamente teníamos que vender esas joyas a su
vuelta y repartirnos los beneficios para hacer fortuna. Los fenicios eran unos canallas y vendieron
piezas de vidrio coloreado. Perdí mi tesoro. Hoy, la experiencia impediría que confiara la compra de
joyas a un fabricante de ladrillos.
Así que os aconsejo, con conocimiento y experiencia que no confiéis demasiado en vuestra
inteligencia y no expongáis vuestros tesoros a posibles trampas de inversión. Es mejor hacer caso a
los expertos las cosas que ustedes quieren hacer para que su dinero produzca. Estos consejos son
gratuitos y pueden adquirir rápidamente el mismo valor en oro que la cantidad que se quería
invertir. En realidad, este es el valor real si así os salva de las pérdidas.
Esta es la cuarta manera de incrementar vuestra bolsa y es de gran importancia si así evita que se
vacíe una vez llena. Proteged vuestro tesoro contra las pérdidas e invertid solamente donde vuestro
capital esté seguro o donde podáis reclamarlo cuando así lo deseéis y nunca dejéis de recibir el
interés que os conviene. Consultad a los hombres sabios. Pedid consejo a aquellos que tienen
experiencia en la gestión rentable de los negocios. Dejad que su sabiduría proteja vuestro tesoro de
inversiones dudosas.
La quinta manera:
Haced que vuestra propiedad sea una inversión rentable
-Si un hombre reserva una novena parte de las ganancias que le permiten vivir y disfrutar de la vida
y si una de estas nueve partes puede convertirse en una inversión rentable sin perjudicarle, entonces
sus tesoros crecerán con mayor rapidez. Así habló Arkad a su clase en la quinta lección.
Demasiados babilonios educan a su familia en barrios de mala reputación. Los propietarios son muy
exigentes y cobran unos alquileres muy altos por las habitaciones. Las mujeres no tienen espacio
para cultivar las flores que alegran su corazón y el único lugar donde los hijos pueden jugar es en los
sucios senderos.
La familia de un hombre no puede disfrutar plenamente de la vida a no ser que posea un terreno,
que los niños puedan jugar en el campo o que la mujer pueda cultivar además de flores, sabrosas
hierbas para perfumar la comida de su familia.
El corazón del hombre se llena de alegría si puede comer higos de sus árboles y racimos de uvas de
sus viñas. Si posee una casa en un barrio que lo enorgullezca, ello le infunde confianza y le anima a
terminar todas sus tareas. También recomiendo que todos los hombres tengan un techo que lo
proteja tanto a él como a los suyos.
Cualquier hombre bienintencionado puede poseer una casa. ¿Acaso nuestro rey no ha ensanchado
las murallas de Babilonia para que pudiéramos comprar por una cantidad razonable muchas tierras
inservibles?
Queridos estudiantes, os digo que los prestamistas tienen en muy buen concepto a los hombres que
buscan casa y tierras para su familia. Podéis pedir dinero prestado sin dilación si es con el fin loable
de pagar al fabricante de ladrillos o al carpintero, en la medida en que dispongáis de buena parte de
la cantidad necesaria.
Después, cuando hayáis construido la casa, podréis pagar al prestamista regularmente igual que
hacéis con el propietario. En unos cuantos años habréis devuelto el préstamo porque cada pago que
efectuéis reducirá la deuda del prestamista.
Y os alegraréis, tendréis una propiedad en todo derecho y el único pago que realizaréis será el de los
impuestos reales.
Y vuestra buena mujer irá al río con más frecuencia para lavar vuestras ropas y cada vez os traerá
una piel de cabra llena de agua para regar las plantas.
Y el hombre que posea casa propia será bendecido. El coste de su vida se reducirá mucho y hará que
pueda destinar gran parte de sus ganancias a los placeres y a satisfacer sus deseos. Ésta es la quinta
manera de llenarse la bolsa: poseer una casa propia.
La sexta manera:
Asegurar ingresos para el futuro
-La vida de cada hombre va de la infancia a la vejez. Este es el camino de la vida y ningún hombre
puede desviarse a menos que los dioses lo llamen prematuramente al más allá. Por este motivo
declaro: El hombre es quien debe prever unos ingresos adecuados para su vejez y quien debe
preparar a su familia para el tiempo en que ya no esté con ellos para reconfortarlos y satisfacer sus
necesidades. Esta lección os enseñará a llenar la bolsa en los momentos en que ya no sea tan fácil
para vosotros aprender.
Así se dirigió Arkad a su clase el sexto día.
El hombre que comprende las leyes de la riqueza y de este modo obtiene un excedente cada vez
mayor, debería pensar en su futuro próximo. Debería planificar algunos ingresos o ahorrar un dinero
que le dure muchos ayos y del que pueda disponer cuando sea el momento.
Hay distintas formas para que un hombre se procure la necesario para su futuro. Puede buscar un
escondrijo y enterrar un tesoro secreto. Pero aunque lo oculte muy hábilmente, este dinero puede
convertirse en el botín de los mirones. Por este motivo, no lo recomiendo.
Un hombre puede comprar casas y tierras con este fin. Si las escoge juiciosamente en función de su
utilidad y de su valor futuro, tendrán un valor que se acrecentará y sus beneficios y su venta le
recompensarán según los objetivos que se haya fijado.
Un hombre puede prestar una pequeña suma de dinero al prestamista y aumentarla a intervalos
regulares. Los intereses que el prestamista añada contribuirán ampliamente a aumentar el capital.
Conozco a un fabricante de sandalias llamado Ausan que me explicó, no hace mucho tiempo, que
cada semana, durante ocho años, llevó al prestamista dos monedas. El prestamista le acaba de
entregar un estado de cuentas que le ha alegrado mucho. El total de su depósito junto con el interés a
una tasa actual de un cuarto de su valor cada cuatro años, le ha producido cuarenta monedas.
Le he animado a continuar, demostrándole gracias a mis conocimientos matemáticos, que dentro de
doce años sólo depositando semanalmente dos monedas, obtendrá cuatro mil monedas con las que
podrá sobrevivir el resto de sus días.
Seguro que si una contribución regular produce resultados tan provechosos, ningún hombre se
puede permitir no asegurarse un tesoro para su vejez y la protección de su familia, sin importar
hasta qué punto sus negocios e inversiones actuales son prósperos.
Incluso diría más. Creo que algún día habrá hombres que inventarán un plan para protegerse contra
la muerte, los hombres sólo pagarán una cantidad mínima regularmente y el importe total
constituirá una suma importante que la familia del finado recibirá. Creo que esto es muy aconsejable
y lo recomiendo con vehemencia. Actualmente no es posible porque tiene que continuar más allá de
la vida de un hombre o de una asociación para funcionar correctamente. Tiene que ser tan estable
como el trono real. Creo que algún día existirá un plan como éste y será un gran bendición para
muchos hombres porque hasta el primer pequeño pago pondrá a su disposición una cantidad
razonable para la familia del miembro fallecido.
Como vivimos en el presente y no en los días venideros, tenemos que aprovecharnos de los-medios y
los métodos actuales para llevar a cabo nuestros propósitos. Por ello, recomiendo a todos los
hombres que acumulen bienes para cuando sean viejos de forma sensata y meditada. Pues la
desgracia de un hombre incapaz de trabajar para ganarse la vida o de una familia sin cabeza de
familia es una tragedia dolorosa.
Este es la sexta manera, de llenarse la bolsa: preved los ingresos para los días venideros y asegurad
así la protección de vuestra familia.
La séptima manera:
Aumentad vuestra habilidad para adquirir bienes
-Queridos estudiantes, hoy voy a hablaros de una de las maneras más importantes de amasar una
fortuna. Pero no os hablaré del oro sino de vosotros, los hombres de vistosas ropas que estáis
sentados frente a mí. Voy a hablaros de las cosas de la mente y de la vida de los hombres que
trabajan para o contra su éxito. Así habló Arkad a su clase el séptimo día.
No hace mucho tiempo, un joven que buscaba alguien que le prestara dinero me vino a ver. Cuando
le pregunté sobre sus necesidades, se quejó de que sus ingresos eran insuficientes para cubrir sus
gastos. Le expliqué que en tal caso era un cliente ruin para el prestamista porque no podría devolver
el préstamo. “Lo que necesitas, muchacho, le dije, es ganar más dinero. ¿Qué podrías hacer para
aumentar tus ingresos?”
“Todo lo que pueda, respondió. He intentado hablar con mi patrón seis veces durante dos lunas para
pedirle un aumento pero no lo he conseguido. No puedo hacer más”
Su simpleza hace reír pero poseía una gran voluntad de aumentar sus ganancias. Tenía un justo y
gran deseo ganar más dinero.
El deseo debe preceder a la realización. Vuestros deseos tienen que ser fuertes y bien definidos. Los
deseos vagos no son más que débiles deseos. El único deseo de ser rico no tiene ningún valor. Un
hombre que desea cinco monedas de oro se ve empujado por un deseo tangible que tiene que
culminar con urgencia. Una vez que ha aumentado su deseo de guardar en lugar seguro cinco
monedas de oro, encontrará el modo de obtener diez monedas, luego veinte y más tarde mil; y de
pronto se hará rico. Si aprende a fijarse un pequeño deseo bien definido, ello lo llevará a fijarse otro
más grande; así es como se construyen las fortunas. Se empieza con cantidades pequeñas y luego se
pasa a cantidades más importantes. De este modo el hombre aprende y se hace más hábil.
Los deseos tienen que ser pequeños y bien definidos. Si son demasiado numerosos, demasiado
confusos o están por encima de las capacidades del hombre que quiere llevarlos a cabo, harán que su
objetivo no se cumpla.
A medida que un hombre se perfecciona en su oficio, su remuneración aumenta. En otros tiempos,
cuando era un pobre escriba que grababa en la arcilla por unas cuantas monedas al día, observé que
otros trabajadores escribían más que yo y cobraban más. Entonces, decidí que nadie iba a
superarme. No tardé mucho tiempo en descubrir el motivo de su gran éxito. Puse más interés en mi
trabajo, me concentré más, fui más perseverante y muy pronto pocos hombres podían grabar más
tablillas que yo en un día. Poco tiempo después, tuve mi recompensa; no fue preciso ir a ver a mi
patrón seis veces para pedirle un aumento.
Cuantos más conocimientos adquiramos, más dinero ganaremos. El hombre que espera aprender
mejor su oficio será recompensado con creces. Si es un artesano puede intentar aprender los
métodos y conocer las herramientas más perfeccionadas. Si trabaja en derecho 0 medicina, podrá
consultar e intercambiar opiniones con sus colegas. Si es un mercader, siempre podrá buscar
mercancías de mejor calidad que venderá a bajo precio.
Los negocios de un hombre cambian y prosperan porque los hombres perspicaces intentan mejorar
para ser más útiles a sus superiores. Así que insto a todos los hombres a que progresen y no se
queden sin hacer nada, a menos que quieran ser dejados de lado.
Hay muchas obligaciones que llenan la vida de un hombre de experiencias gratificantes. El hombre
que se respeta a sí mismo debe realizar estas cosas y las siguientes.
Debe pagar sus deudas lo más rápidamente posible y no debe comprar cosas que no pueda pagar.
Debe cubrir las necesidades de su familia para que los suyos lo aprecien.
Debe hacer un testamento para que, si los dioses lo llaman, sus bienes sean repartidos justa y
equitativamente.
Debe ser compasivo con los enfermos o los desafortunados y debe ayudarlos. Debe ser previsor y
caritativo can los que quiere.
Así que la séptima y última manera de hacer fortuna consiste en cultivar las facultades intelectuales,
estudiar e instruirse, actuar respetándose a sí mismo. De este modo adquiriréis suficiente confianza
en vosotros mismos para realizar los deseos en que habéis pensado y que habéis escogido.
Estas son las siete maneras de hacer fortuna, extraídas de un larga y próspera experiencia de la vida,
las recomiendo a los que quieran ser ricos.
-Queridos estudiantes, hay más oro en la ciudad de Babilonia de lo que soñéis poseer. Hay oro en
abundancia para todos.
Avanzad y poned en práctica estas verdades; prosperad y haceos ricos, como os corresponde por
derecho.
Avanzad y enseñad estas verdades a todos los súbditos honrados de Su Majestad que quieren
repartirse las grandes riquezas de nuestra bien amada ciudad.

2. El hombre más rico de Babilonia

En la antigua Babilonia vivía un hombre muy rico que se llamaba Arkad. Su inmensa fortuna lo hacía
admirado en todo el mundo. También era conocido por su prodigalidad. Daba generosamente a los
pobres. Era espléndido con su familia. Gastaba mucho en sí mismo. Pero su fortuna se acrecentaba
cada año más de lo que podía gastar.
Un día, unos amigos de la infancia lo fueron a ver y le dijeron:
-Tú, Arkad, eres más afortunado que nosotros. Te has convertido en el hombre más rico de Babilonia
mientras que nosotros todavía luchamos por subsistir. Tú puedes llevar las más bellas ropas y
regalarte con los más raros manjares, mientras que nosotros nos hemos de conformar con vestir a
nuestras familias de manera apenas decente y alimentarlas tan bien como podemos.
Sin embargo, en un tiempo fuimos iguales. Estudiamos con el mismo maestro. Jugamos a. los
mismos juegos. No nos superabas en los juegos ni en los estudios. Y durante esos años no fuiste
mejor ciudadano que nosotros.
Y por lo que podemos juzgar, no has trabajado más duro ni más arduamente que nosotros. ¿Por qué
entonces te elige a ti la suerte caprichosa para que goces de todas las cosas buenas de la vida y a
nosotros, que tenemos los mismos méritos, nos ignora?
-Si no habéis conseguido con qué vivir de manera sencilla desde los años de nuestra juventud -los
reprendió Arkad-, es que habéis olvidado aprender las reglas que permiten acceder a la riqueza, o
también puede ser que no las hayáis observado.
“La Fortuna Caprichosa” es una diosa malvada que no favorece siempre a las mismas personas. A1
contrario, lleva a la ruina a casi todos los hombres sobre los que ha hecho llover oro sin que hicieran
esfuerzo alguno. Hace actuar de manera desordenada a los derrochadores irreflexivos que gastan
todo lo que ganan, dejándoles tan sólo apetitos y deseos tan grandes que no puedan saciarlos. En
cambio, otros de a los que favorece se vuelven avaros y atesoran sus bienes por miedo a gastar los
que tienen, pues saben que no son capaces de reponerlos. Además, siempre temen ser asaltados por
los ladrones y se condenan a vivir una vida vacía, solos y miserables. Probablemente existen otros
que pueden usar el oro que han ganado sin esfuerzo, hacerlo rendir y continuar siendo hombres
felices y ciudadanos satisfechos. Sin embargo, son poco numerosos. Sólo los conozco de oídas.
Pensad en los hombres que repentinamente-han heredado fortunas y decidme si esto que os digo no
es cierto.
Sus amigos pensaron que estas palabras eran verídicas, pues sabían de hombres que habían
heredado fortunas. Le pidieron que les explicara cómo se había convertido en un hombre tan
próspero.
-En mi juventud --continuó-, miré a mi alrededor y ví todas las buenas cosas que me podían dar
felicidad y satisfacción, y me di cuenta de que la riqueza aumentaba el poder de esos bienes.
La riqueza es un poder, la riqueza hace posible muchas cosas.
Permite amueblar una casa con los más bellos muebles.
Permite navegar por mares lejanos.
Permite degustar finos manjares de lejanos países.
Permite comprar los adornos del orfebre y del joyero.
Permite, incluso, construir grandiosos templos para los dioses.
Permite todas esas cosas y aún muchas otras que procuran placer a los sentidos y satisfacción al
alma.
Cuando comprendí todo eso, me prometí que yo tendría mi parte de las cosas buenas de la vida. Que
no sería uno de esos que se mantienen al margen, mirando con envidia cómo los otros gozan de su
fortuna. No me conformaría con ropas menos caras que sólo serían respetables. No me contentaría
con la vida de un pobre hombre. Al contrario, estaría invitado al banquete de las buenas cosas.
Siendo, como ya sabéis, el hijo de un humilde comerciante, y miembro de una familia numerosa, no
tenía ninguna esperanza de heredar, y no estaba especialmente dotado de fuerza o de sabiduría,
como habéis dicho con tanta franqueza; así que decidí que si quería obtener lo que deseaba
necesitaría dedicar tiempo y estudio.
En cuanto al tiempo, todos los hombres lo tienen en abundancia. Vosotros habéis dejado pasar el
tiempo necesario para enriquecerse.
Y sin embargo admitís que no tenéis otros bienes que mostrar que vuestras buenas familias, de las
que tenéis razón de estar orgullosos.
En lo que concierne al estudio, ¿No nos enseñó nuestro sabio profesor que posee dos niveles? Las
cosas que ya hemos aprendido y que ya sabemos; y la formación que nos muestra cómo descubrir las
que no sabemos.
Así decidí buscar qué había que hacer para acumular riquezas, y cuando lo encontré, me creí en la
obligación de hacerlo y de hacerlo bien. Pues ¿acaso no es sabio el querer aprovechar la vida
mientras nos ilumina el sol, ya que la desgracia pronto se abatirá sobre nosotros en el momento que
partamos hacia la negrura del mundo de los espíritus?
Encontré un puesto de escriba en la sala de archivos, en la que durante largas horas todos los días,
trabajaba sobre las tablillas de barro, semana tras semana, mes tras mes; sin embargo, nada me
quedaba de lo que ganaba. La comida, el vestido, lo que correspondía a los dioses y otras cosas de las
que ya no me acuerdo, absorbían todos mis beneficios. Pero todavía estaba decidido.
Y un día, Algamish el prestamista vino a la casa del señor de la ciudad y encargó una copia de la
novena ley; me dijo: “La tengo que tener en mi poder dentro de dos días; si el trabajo está hecho a
tiempo te daré dos monedas de cobre”
Así que trabajé duro, pero la ley era larga y cuando Algamish volvió, no había terminado el trabajo.
Estaba enfadado, si hubiera sido su esclavo me habría pegado. Pero como sabía que mi amo no lo
habría permitido, yo no tuve miedo y le pregunté: “Algamish, sois un hombre rico. Decidme cómo
puedo hacerme rico y trabajaré toda la noche escribiendo en las tablillas para que cuando el sol se
levante la ley esté ya grabada”.
Él me sonrió y respondió: “eres un joven astuto, acepto el trato”.
Pasé toda la noche escribiendo, aunque me dolía la espalda y el mal olor de la lámpara me daba dolor
de cabeza, hasta que casi ya no podía ni ver. Pero cuando él regresó al amanecer, las tablillas estaban
terminadas.
“Ahora, dije, cumple tu promesa.”
“Tú has hecho tu parte del trato, hijo mío”, -me dijo bondadosamente, “y yo estoy dispuesto a
cumplir la mía. te diré lo que deseas saber porque me vuelvo viejo y a las lenguas viejas les gusta
hablar, y cuando un joven se dirige a un viejo para recibir un consejo, bebe de la fuente de la
sabiduría que da la experiencia. Demasiadas veces, los jóvenes creen que los viejos sólo conocen la
sabiduría de los tiempos pasados y de ese modo no sacan provecho de ella. Pero recuerda esto: el sol
que brilla ahora es el mismo que brillaba cuando nació tu padre y el mismo que brillará cuando
muera el último de tus nietos”.
“Las ideas de los jóvenes, continuó, son luces resplandecientes que brillan como meteoros que
iluminan el cielo; pero la sabiduría del anciano es como las estrellas filas que lucen siempre de la
misma manera, de modo que los marinos puedan confiar en ellas.”
“Retén bien estas palabras si quieres captar la verdad de lo que te voy a decir y no pensar que has
trabajado en vano durante toda la noche.”
Entonces, bajo las pobladas cejas, sus ojos me miraron fijamente y dijo en voz baja pero firme:
“Encontré el camino de la riqueza cuando decidí que una parte de todo lo que ganaba me tenía que
pertenecer. Lo mismo será verdad para ti.”
Después continuó mirándome y su mirada me atravesó; giro no añadió nada más. “¿Eso es todo?”,
pregunté.
“¡Fue suficiente para convertir en prestamista de oro a un pastor!”, respondió.
“Pero puedo conservar todo lo que gano, ¿no?” dije.
“En absoluto, respondió. ¿No pagas al zapatero? ¿No pagas al sastre? ¿No pagas por la comida?
¿Puedes vivir en Babilonia sin gastar? ¿Qué te queda de todo lo que ganaste durante el año pasado?
¡Idiota! Pagas a todo el mundo menos a ti. Trabajas para los otros. Lo mismo daría que fueras un
esclavo y trabajaras para tu dueño, que te daría lo que necesitas para comer y vestir.”
“Si guardaras la décima parte de lo que ganas en un año, ¿cuánto tendrías en diez años?”
Mis conocimientos de cálculo me permitieron responder: “tanto como gano en un año”.
El replicó: “lo que dices es una verdad a medias. Cada moneda de oro que ahorras es una esclavo que
trabaja para ti. Cada una de las pequeñas monedas que te proporcionará ésta, engendrará otras que
también trabajarán para ti. ¡Si te quieres hacer rico, tus ahorros te deben rendir y estos rendimientos
rendirte a su vez! Todo esto te ayudará a conseguir la abundancia de que estás ávido”
“Crees que te pago mal por la larga noche de trabajo”, continuó, “pero en verdad te pago mil veces;
sólo hace falta que captes la verdad de lo que te he presentado”.
“Una parte de lo que tú ganas es tuyo y lo puedes conservar. No debe ser menos de una décima parte,
sea cual sea la cantidad que tú ganes. Puede ser mucho más cuando te lo puedas permitir. Primero
págate a ti. No compres al zapatero o al sastre más de lo que puedas pagar con lo que te quede, de
modo que tengas suficiente para la alimentación, la caridad y la devoción a los dioses.”
“La riqueza, como el árbol, nace de una semilla. La primera moneda que ahorres será la semilla que
hará crecer el árbol de tu riqueza. Cuanto antes plantes tu semilla, antes crecerá el árbol. Cuanto más
fielmente riegues y abones tu árbol, antes te refrescarás, satisfecho, bajo su sombra.”
Habiendo dicho esto, cogió sus tablillas y se fue.
Pensé mucho en lo que me había dicho y me pareció razonable. Así que decidí que lo intentaría. Cada
vez que me pagaban, tomaba una moneda de cobre de cada diez y la guardaba. Y por extraño que
parezca, no me faltaba más dinero que antes. Tras habituarme, casi ni me daba cuenta, pero a
menudo estaba tentado de gastar mi tesoro, que empezaba a crecer, para comprar algunas de las
buenas cosas que mostraban los mercaderes, cosas traídas por los camellos y los barcos del país de lo
fenicios. Pero me retenía prudentemente.
Doce meses después de la visita de Algamish, este volvió y me dijo: “Hijo mío, ¿te has pagado con la
décima parte de lo que has ganado este año?”
Yo respondí orgulloso: “Sí, maestro”
“Bien, respondió contento, ¿qué has hecho con ella?”
“Se la he dado a Azmur el fabricante de ladrillos. Me ha dicho que viajaría por mares lejanos y que
compraría joyas raras a los fenicios en Tiro, para luego venderlas aquí a elevados precios, y que
compartiríamos las ganancias”
“Se aprende a golpes, gruñó, ¿cómo has podido confiar en un fabricante de ladrillos sobre una
cuestión de joyas? ¿Irías a ver al panadero por un asunto de las estrellas? Seguro que no, si pensaras
un poco irías a ver a un astrónomo. Has perdido tus ahorros, mi joven amigo; has cortado tu árbol de
la riqueza de raíz. Pero planta otro. Y la próxima vez, si quieres un consejo sobre joyas, ve a ver a un
joyero. Si quieres saber la verdad sobre los corderos, ve a ver al pastor. Los consejos son una cosa
que se da gratuitamente, pero toma tan sólo los buenos. Quien pide consejo sobre sus ahorros a
alguien que no es entendido en la materia habrá de pagar con sus economías el precio de la falsedad
de los consejos.” Tras decir esto, se fue.
Y pasó como él había predicho, pues los fenicios resultaron ser unos canallas, y habían vendido a
Azmur trozos de vidrio sin valor que parecían piedras preciosas. Pero, como me había indicado
Algamish, volví a ahorrar una moneda de cobre de cada diez que ganaba ya que me había
acostumbrado y no me era difícil.
Doce meses más tarde, Algamish volvió a la sala de los escribas y se dirigió a mí. “¿Qué progresos has
realizado desde la última vez que te ví?”.
“Me he pagado regularmente, repliqué, y he confiado mis ahorros a Ager, el fabricante de escudos,
para que compre bronce, y cada cuatro meses me paga los intereses.”
“Muy bien. ¿Y qué haces con esos intereses?”
“Me doy un gran festín con miel, buen vino y pastel de especias. También me he comprado una
túnica escarlata. Y algún día me compraré un asno joven para poderme pasear.”
Al oír eso, Algamish rió: “Te comes los beneficios de tus ahorros. Así, ¿cómo quieres que trabajen
para ti? ¿Cómo pueden producir a su vez más beneficios que trabajen para ti? Procúrate primero un
ejército de esclavos de oro, y después podrás gozar de los banquetes sin preocuparte.”
Tras esto, no lo volví a ver en dos años. Cuando regresó, su rostro estaba cubierto de arrugas y tenía
los ojos hundidos, ya que se estaba haciendo viejo. Me dijo: “Arkad, ¿ya eres rico, tal como soñabas?”
Y yo respondí: “No, todavía no poseo todo lo que deseo, sólo una parte, pero obtengo beneficios que
se están multiplicando.”
“¿Y todavía pides consejo a los fabricantes de ladrillos?”
“Respecto a la manera de fabricar ladrillos, dan buenos consejos”, repliqué.
“Arkad, continuó, has aprendido bien la lección. Primero aprendiste a vivir con menos de lo que
ganabas, después, aprendiste a pedir consejo a hombres que fueran competentes gracias a la
experiencia adquirida y que quisieran compartir ésta, y finalmente has aprendido a hacer que tu
dinero trabaje para ti.”
“Has aprendido por ti solo la manera de conseguir dinero, de conservarlo y de usarlo. De modo que
eres competente y estás preparado para asumir un puesto de responsabilidad. Yo me hago viejo, mis
hijos sólo piensan en gastar y nunca en ganar. Mis negocios son muy grandes y tengo miedo de no
poderme encargar de ellos. Si quieres ir a Nipur a encargarte de mis tierras de allí, te haré mi socio y
compartiremos los beneficios.”
Así que fui a Nipur y me encargué de los negocios importantes, y como estaba lleno de ambición y
había aprendido las tres reglas de gestión de la riqueza pude aumentar grandemente el valor de sus
bienes. De modo que cuando el espíritu de Algamish se fue al mundo de las tinieblas, tuve derecho a
una parte de sus propiedades, como él había convenido conforme a la ley.
Así habló Arkad, y cuando hubo acabado de contar su historia, uno de los amigos habló.
-Tuviste una gran suerte de que Algamish te hiciera su heredero.
-Solamente tuve la gran suerte de querer prosperar antes de encontrarlo. ¿Acaso no probé durante
cuatro años mi determinación al guardar una décima parte de lo que ganaba? ¿Dirías que tiene
suerte el pescador que pasa largos años estudiando el comportamiento de los peces y consigue
atraparlos gracias a un cambio del viento, tirando sus redes justo en el momento preciso? La
oportunidad es una diosa arrogante que no pierde el tiempo con los que no están preparados.
-Hiciste prueba de mucha voluntad cuando continuaste después de haber perdido los ahorros de tu
primer año. ¡Fuiste extraordinario! -exclamó otro.
-¡Voluntad! -replicó Arkad-. ¡Qué absurdo! ¿Creéis que la voluntad da al hombre la fuerza para
levantar un fardo que no puede transportar un camello o que no que no puede tirar un buey? La
voluntad no es más que la determinación inflexible de llevar a cabo lo que se ha impuesto.
Cuando yo me impongo un trabajo, por pequeño que sea, lo acabo. De otro modo, ¿cómo podría
confiar en mí mismo para realizar trabajos importantes? Si me propongo que durante cien días, cada
vez que pase por el puente que lleva a la ciudad cogeré una piedra y la tiraré al río, lo haré. Si el
séptimo día pasó sin acordarme, no me digo que pasaré el día siguiente, tiraré dos piedras, y será
igual. En vez de eso daré la vuelta y tiraré la piedra al río. El vigésimo día no me diré que todo esto es
inútil, ni me preguntaré de qué sirve tirar piedras al río cada día: “podrías tirar un puñado de piedras
y habrías acabado todo.” No, no diré eso ni lo haré, cuando me impongo un trabajo lo hago, de modo
que procuro no comenzar trabajos difíciles o imposibles porque me gusta tener tiempo libre.
Entonces, otro de los amigos elevó la voz.
-Si lo que dices es cierto, y si, como tú has dicho, es razonable, entonces todos los hombres podrían
hacerlo, y si todos lo hicieran, no habría suficiente riqueza para todo el mundo.
-La riqueza aumenta cada vez que los hombres gastan sus energías -respondió Arkad-. Si un hombre
rico se construye un nuevo palacio, ¿se pierde el oro con el que paga? No, el fabricante de ladrillos
tiene una parte, el trabajador otra, el artista la suya. Y todos los que trabajan, en la construcción del
palacio reciben una parte. Y cuando el palacio está terminado, ¿acaso no tiene el valor de lo que ha
costado? ¿Y el terreno sobre el que está construido no adquiere por este hecho más valor? La riqueza
crece de manera mágica. Ningún hombre puede predecir su límite. ¿Acaso no han levantado los
fenicios grandes ciudades en áridas costas gracias a las riquezas traídas por sus barcos mercantes?
-¿Qué nos aconsejas para que nosotros también nos hagamos ricos?, -preguntó uno de los amigos-
Los años han ido pasando, ya no somos jóvenes y no tenemos dinero que ahorrar.
-Os recomiendo que pongáis en práctica los sabios principios de Algamish; y decíos: una parte de
todo lo que gano me revierte y la he de conservar. Decíoslo cuando os levantéis, decíoslo al mediodía,
decíoslo por la tarde, decíoslo cada hora de cada día. Repetidlo hasta que estas palabras resalten
como letras de fuego en el cielo.
Impregnaos de esta idea. Llenaos de este pensamiento. Tomad la porción que os parezca prudente de
lo que ganáis, que no sea menos de la décima parte, y conservadla. Organizad vuestros gastos en
consecuencia. Pero lo primero es guardar esa parte. Pronto conoceréis la agradable sensación de
poseer un tesoro que sólo os pertenece a vosotros, que a medida que aumenta, os estimula. Un nuevo
placer de vivir os animará. Si hacéis mayores esfuerzos, obtendréis más. Si vuestros beneficios
crecen, aunque el porcentaje sea el mismo, vuestras ganancias serán mayores, ¿no?
Cuando lleguéis a este punto, aprended a hacer trabajar vuestro oro para vosotros, hacedlo vuestro
esclavo. Haced que los hijos de su esclavo y los hijos de sus hijos trabajen para vosotros.
Aseguraos una renta para el futuro, mirad a los ancianos y no olvidéis que vosotros seréis uno de
ellos. Invertid vuestro patrimonio con la mayor prudencia para no perderlo. Los intereses de los
usureros son irresistibles cantos de sirena que atraen a los imprudentes hacia las rocas de la
perdición y el remordimiento.
Vigilad que vuestra familia no pase necesidad si los dioses os llaman a su reino. Para asegurarle esta
protección, siempre se pueden ir desembolsando pequeñas cantidades a intervalos regulares. El
hombre prudente no confía en recibir una gran suma de dinero si no lo ha visto antes.
Consultad a los hombres sabios. Buscad el consejo de quienes manejan dinero todos los días.
Permitid que os ahorren errores como el que yo cometí al confiar mi dinero al juicio de Azmur, el
fabricante de ladrillos. Es preferible un pequeño interés seguro a un gran riesgo.
Aprovechad la vida mientras estáis en este mundo, no hagáis demasiadas economías. Si la décima
parte de lo que ganáis es una cantidad razonable que podéis ahorrar, contentaos con esa porción. A
parte de esto, vivid de manera conforme con vuestros ingresos y no os volváis roñosos ni tengáis
miedo de gastar. La vida es bella y está llena de cosas buenas que podéis disfrutar.
Tras decir esto, sus amigos le dieron las gracias y se fueron. Algunos permanecían silenciosos porque
no tenían imaginación y no podían comprender, otros sentían rencor porque pensaban que alguien
tan rico había podido compartir su dinero con ellos, pero unos terceros tenían un nuevo brillo en los
ojos. Habían comprendido que Algamish había vuelto a la sala de los escribas para mirar
atentamente a un hombre que se estaba trazando un camino hacia la luz. Una vez hubiera
encontrado la luz, ya tendría una posición. Sabían que nadie podía ocupar este lugar sin antes haber
llegado a comprender todo esto por si mismo y sin estar dispuesto a aprovechar la ocasión cuando se
presentara.
Estos últimos fueron los que, durante los años siguientes, visitaron asiduamente a Arkad, quien los
recibía con alegría. Les aconsejó y les dio su sabiduría de modo gratuito como gustan de hacer
siempre los hombres de larga experiencia. Les ayudó a invertir sus ahorros de modo que les dieran
un interés seguro y no fueran malgastados en malas inversiones que no habrían dado ningún
beneficio.
El día que tomaron conciencia de la verdad que había sido trasmitida de Algamish a Arkad y de
Arkad a ellos, fue un hito en sus vidas.
Una parte de lo que ganáis revierte en vosotros, conservadla.